Columnismo

Fantasmas en el confesionario

La 'Patria' definitiva

21.12.2017 @juanromerafadon 3 minutos

La enorme plenitud de una novela como Patria no merece mayor barroquismo en su descripción que la adjetivación humilde. El reconocimiento sincero de saber que jamás iba a encontrar una palabra que lo definiera me ahogaba en la incertidumbre. El viejo paradigma de García Márquez fracasó años atrás: “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Esos tiempos pasaron, igual que las semanas, acompañadas de mi miedo por no saber qué decir cuando me preguntaran: “oye, ¿y qué?”. Me imaginaba como aquel Jean-Claude Roman de Carrère, preso de una mentira tan bien elaborada que no tuviera más presencia que el frágil cascarón. Toda una estructura semántica que pudiera recoger la esencia misma de 642 páginas de historia.

¿Y ahora qué? Nada. Porque Patria es definitiva. ¡Y yo sin darme cuenta! Lo escribió Zarzalejos, lo escribió Vargas Llosa y debieron haberlo escrito 829 personas a las que han esculpido en su lápida con letras en negro: “Víctima de ETA”. Ya decía alguien, a quien no consigo identificar, que no hay nada más definitivo que lo provisional, y lo provisional se ha creado para quedarse. Todo eso, con la brillantez escrita por ese donostiarra al que semejo con txapela y txacolí en la mano callosa de jugar a pelota, temeroso de pensar que su relato pudiera hacerle más daño a cualquier persona con una cicatriz del terrorismo en su vida.

Después del desarme, nada. Y después de nada, Patria. Quedará. Lloro con Patria, lloro con Aramburu y con Bittori. Incluso lloro con Miren, con Joxe Mari y con un pueblo que se ha roto por el fanatismo político. Porque el Hernani de la novela no es una caricatura de la lucha armada que siempre fue violencia. El Hernani, que podría ser Rentería, o Alsasua, o qué sabe Dios, es la confesión de un pueblo que tan solo necesita seis letras para redimir el pecado de ser víctima en Euskadi: perdón. Y de eso trata esta novela, incluso cercana a la nivola unamuniana, pero con la 'inmediata' utilidad práctica de la que carece el existencialismo del don Miguel noventaiochesco. Pues a colación del bilbaíno, ni de vencedores ni vencidos va esto. Solo de la vida más allá de la fecha marcada por dos disparos a bocajarro, el olor a pólvora, el color de la sangre y de un ramo de rosas sobre la lápida. Las lágrimas con las que una familia rinde tributo al Txato.

Todo encaja porque está hecho para que sea así. Atiende la obra de TusQuets, o al menos me recuerda, a una vieja práctica recuperada en el derecho romano: “Da mihi factum, dabo tibi ius”. “Dame el hecho y te daré el derecho”. Dime la verdad, y te daré el derecho de tener un alma en paz. Son historias que cambian etapas, casi la vida. Si fuera profesor de bachiller, o de universidad, y no obligara a mis alumnos a disfrutarla, tendría una deuda moral con el dolor. El culmen, apoteósico ocaso, nace cuando uno de los protagonistas comenta: “En este pueblo, la verdad hace tiempo que está oculta”. Pero alguien se ha encargado de desempolvarla para que esta patria forme parte de la historia que nos ha tocado vivir.

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