Columnismo

Fantasmas en el confesionario

La pesadilla de Pedro Sánchez

19.05.2016 @juanromerafadon 3 minutos

Sánchez camina entre zarzas y rosales de desilusiones, que como vallas melillenses bloquean las esperanzas del “último líder”. Sin la brújula política que le guíe por el irrealismo socialista, las únicas luciérnagas que iluminan sus quehaceres son su irrefutable reloj biológico del feminismo, ecologismo y el izquierdismo traicionado en mayo de 1979.

Los secretarios generales han pasado de la chaqueta de pana a la bata de químico, y a día de hoy a la camiseta holgada que en su día usó cuando jugaba en Estudiantes. Holgada como el puesto que en algún momentos los militantes le confiaron y que no fueron capaces de leer en la letra pequeña: “Dirección: el abismo”. Pedro despierta sollozando entre pesadillas. En ella, cientos de papeletas que algún día fueron rojas (y ahora son moradas y no sé qué otro color de Unidos) le atacan a Sarpassos. Se piensa que está ahogado en un mar de coletas pero lo que le molestaba era el pelo de su mujer mientras dormía, la mocita feliz de los debates políticos y el intrusismo en cámara. Sí, la mujer del presidente; o al menos eso quiso pensar en algún momento.

Se levanta envuelto en un sudor frío, tan perdido que a duras penas encuentra donde está el cuarto de baño. Puede ser que soñar tanto con vivir en la Moncloa le haya llevado a un estado de supratranslación que le desoriente. Enciende las luces y se mira al espejo. Pedro sabe que ha envejecido en estos meses lo mismo que Ulises en su Odisea; sí, en verano llamará a Felipe y le pedirá descansar en su yate durante unos días. Por supuesto un yate socialista, con la cubierta de pana, no se vayan a pensar. Se mira por unos segundos al espejo y pese a estar despeinado deja entrever su sonrisa seductora. “No seré el mejor líder, pero qué guapo soy”. Poco a poco empieza a animarse; su moral parece avivada por la tribu entera de Anna Gabriel. Incluso le parece que 90 de 350 son muchos.

Los rescoldos de su antipatía pernoctada van desapareciendo por momentos. Antes de volver a la cama se dirige a su despacho y recoge una carpeta. Roja. Por supuesto. La sostiene con delicadeza por el poco peso. En ella se lee: “Apoyos en el PsoE”. Ve que a las siglas les pasa algo. Lo lleva notando desde que llegó, pero en los últimos meses han empequeñecido aún más. Está seguro de que en los próximos días la S y la O acabarán cayendo; por su sinsentido, por su irrelevancia, por su incumplimiento. Por su propio peso. Del marxismo solo queda una edición de El Capital en la librería. Del pistolerismo de Largo Caballero tan solo ha heredado algunos tiros que se echa a canasta cuando el reloj revolucionado se lo permite. Y no el suyo, por supuesto, sino el reloj de los que vienen a rebufo.

La noche avanza, poco a poco Pedro recupera la necesidad de volver a la cama. Se tapa con el edredón y justo antes de apagar las luces mira a la mesita de noche para olfatear las rosas frescas que tanto le gustan. Se sorprende al darse cuenta que no están, que alguien se las habrá llevado. Por un momento piensa en Susana Díaz ofreciéndoselas a la Virgen del Rocío. ¡Quién sabe! Por momentos va cerrando los ojos, con el único deseo de <volver a tomarse una pizza cojonuda con sus colegas>. Y Sánchez vuelve a dormir.

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