Columnismo

Fantasmas en el confesionario

La todavía ministra

27.09.2018 @juanromerafadon 2 minutos

Nadie pensó nunca que el Arcadi Espada del futuro sería igual que la Dolores Delgado del pasado, con el aliciente de que la una se vanagloria de un feminismo traicionado por su subconsciente que el otro tilda de estupidez. Si aquí el problema no está en decir maricón -juraría que cualquiera ha usado un cabrón o un joputa (como decimos aquí abajo)para referirnos a algún amigo cercano-. La cuestión evidencia las consecuencias que tiene poner el listón de la moralidad impuesta tan sumamente alto que, al menor traspié, acabas chorreando por debajo de la vara para divertimento del Tribunal Inquisidor de Twitter. Que, ojo, dejando atrás este submundo de apariencias, queda reflejada la despreocupación generalizada a un problema que trasciende el mástergate. Porque esto no se trata de una línea que suma un plus al currículum y la larga lista de tratos de favor, sino que alcanza los niveles de cuestión de Estado.

Y de cuestión de hipocresía. Que el mismo prevaricador por las escuchas ilegales se ofenda por las de Villarejo es tan ridículo como la defensa a ultranza de una igualdad predicando con tribunales íntegros de hombres, y no de nenazas. Pero esa es sólo la balsa de aceite que flota sobre un océano de turbias cañerías. En el subsuelo, se encuentra un montaje discursivo en el que la corrupción solo mancha si toca al PP, pero no se queda pegada a la piel al comer con los mismos fontaneros y ocultar como pequeña triquiñuela que la gente del Supremo se iba con menores en algún que otro viajecillo. "Que lo que importan son los hechos", ha dicho Marlaska. Aristóteles, para Celaá. Y los hechos, hasta el momento, responden a una perífrasis de la ordinariez propia de un despotismo con el que permite dar lecciones a una cámara que no confía en ella. Tan poco, como yo del CIS. Entretanto, Pedro Sánchez, que anda persiguiendo el sueño americano y alejándose de la pesadilla española, confirma que "un corrupto no va a marcar la agenda política". Igual que aquello de Roosevelt con Somoza, que por "muy hijo de puta" que fuese, "era el nuestro". A todo esto, que mal le queda al doctor Sánchez el largo de los pantalones que ha lucido en la lejanía.

Y aquí me hallo.

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