Columnismo

Fantasmas en el confesionario

Mocos

13.10.2016 @juanromerafadon 2 minutos

Los días de lluvia siempre vienen acompañados de un regocijo espiritual propio. La masía de Casa Tarradellas pudiera ser ese paraíso deseado para los nostálgicos o el nirvana de un cielo encapotado. La atmósfera invita a escuchar las mejores piezas de ópera italiana. En mi caso hubiera elegido el Intermezzo de Mascagni. Lo mejor es colgar el traje y enfundarse en una bata rematada con un pañuelo al cuello para recibir a los invitados con una copa de brandy en la mano y saludar mientras la agitas suavemente. En busca de ese aroma que empañe las paredes de una casa inhabitada. Pero ese halo de extravagancia solo existe en el mundo de las ideas. O en el de la gente adinerada. Quasi utópico; precioso ante todo.

La versión terrenal, la del mundo material, tampoco deja indiferente a alguien que al pensar en lluvia recuerda las ventas en el campo, el olor a tierra mojada o la banda sonora del crepitar de los fogones. En esta ocasión no había carreteras de campo, ni barro. Tampoco caracoles al fresco. Pero había la visita a casa de una abuela que siempre te espera con un buen plato de comida: un caldo, unas migas, algo de ensalada... manjar gastronómico en todo caso.

Pensé que podría llenar el resto de horas del día con alguna lectura interesante y, luego, cuando cayera la tarde, empezar a escribir lo que ustedes contemplan. Pero ese tal Murphy tenía razón. ¿Qué podría salir mal ante la seguridad de las cuatro paredes y la protección de la manta? Lo evidente. De los peores catarros que existen.

Iluso yo, que deseaba que el sonido de lluvia al caer acompañara mi andadura por el teclado. O que las gotas compitieran por ver quién recorre antes los cristales. Nada de eso. En esta ocasión lo único que competía por avanzar era el aire que expulsaba de mis estornudos. Y sí, tengo que reconocerlo. Alguno que otro empañó la pantalla de mi ordenador. Y lo más vidrioso que hubo en todo el día estuvo dentro de la casa. Eran mis ojos lagrimosos. Una montaña de pañuelos, que debía ser la recopilación de los borradores de esta columna, decoraban la sala. Se quejaba Carlos Guerrero de lo complicado que resulta escribir con un par de copas de más. Le invito a que lo haga bajo los efectos de los escalofríos y del Gripeforte.

En fin, me complace pensar que Murphy estaba equivocado; y que en su principio empírico existía la opción de que algo no es tan malo si le sumas la compañía de la familia y de un reality cutre de Divinity. Entonces todo parece mejor. Y los mocos son menos incómodos.

 

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