Columnismo

Fantasmas en el confesionario

Trastorno del sueño

22.09.2016 @juanromerafadon 2 minutos

Los relojes ingleses del Séptimo de Caballería llaman a la puerta de un servidor preguntando por el equinoccio de otoño. Apenas apura el verano sus días y para algunos la hibernación es un deja vú intangible perteneciente a la realidad paralela de un pasado inminente. Ha llegado la hora de quitar el modo avión de mi teléfono móvil; no hay tiempo que perder. La revolución será inminente o no será. Como mi despertar. Eso no evita que tenga el sueño propio de alguien que sufre con el paso de cada minuto, buscando la hora de que el cansancio haga mellas. A ser posible antes de 4:30. Pero no llega, es el sueño despierto de una noche de verano. Paseos eternos por un pasillo que cuenta el espacio en pisadas, y no de los de costal. Idas y venidas a por aguas aliñadas con tila. El naturalismo más salvaje. Y más light.

El silencio y la soledad son mis compañeras de cada noche. No hacen nada. No son capaces ni de recomendarme la infusión. ¿De margaritas o de manzana? El secreto me responde, pero no oigo lo que dice. Con la taza aun humeante por el buen funcionamiento del microondas, brindo con la soledad y me encuentro con la nada. Se ve que cumple a la perfección su cometido. Esa tortura mental que hace que entable conversación con las lyrics de las canciones del verano. La nostalgia, como los condescendientes de la guerra que escuchan a Los Diablos. Cada uno en su estilo. Cada uno en su desesperación por querer descansar.  Mi ritmo nocturno alcanza en ocasiones el clasicismo de la inspiración pero otras se evade hacia el casticismo del aburrimiento. Lo estético y lo caricaturesco. Bergamín en estado puro. Es posible que él haya sido mi último acompañante en esta desesperación a oscuras. Esta versión modernizada del Barry Lyndon de la luz eléctrica. Mera referencia.

¡Qué paradójico! Resulta que a los que tildo de acompañantes no existen, son inmateriales o están muertos. Tan solo estoy yo, que he venido a pasar la noche para encontrarme conmigo mismo. Y para no pasarme una eternidad con las horas contadas dando vueltas entre desvelos. La verdad sea dicha. Poco antes de que las claras del día salgan a relucir, Karajan ha dado el inicio a la Patética de Tchaikovsky, que es la BSO de todo amanecer. Huyendo de la luz y la armonía decido esconderme entre las sábanas de mi cuarto. Parece que las persianas se están echando. Es hora de soñar. Lo que implica acabar con la soledad y con silencio. Aunque no sea real. Aunque no se escuche. Tan solo acabar...

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