Columnismo

Fantasmas en el confesionario

Una tarde de biblioteca no da para más

17.11.2016 @juanromerafadon 3 minutos

En las sempiternas tardes de noviembre, encuentro en los miércoles un refugio especial. Siempre intento romper con la monotonía de la semana gracias a mi compromiso con El REVERSO. Pero es posible que ayer los astros de Esperanza Gracia no estuviera alineados; o que yo no estuviera alienado al torrente de información en el que nos ahogamos. Y entre enajenaciones y plusvalía me fui camino de la biblioteca. Aproveché la tarde para sumergirme en la lectura de El capital, sin más argumento que el de evitar las distracciones de mi casa. La obra de Marx puede ser totalmente útil e incluso profetizable, pero también es cierto que no sería ético tildarla de entretenida. Así que sin más dilación llego a mi destino y antes de que me absorba la prosa del prusiano me saltan las notificaciones del móvil: "Fernández Díaz presidirá la Comisión de Peticiones. Bruselas decide no congelar los fondos a España. Bob Dylan no recogerá el premio por compromisos anteriores".

Pensándolo detenidamente caigo en la cuenta de que mis miedos al confesionario, al cerrojazo maestrante de los socialista envueltos en el vértigo hitchcockiano que les está ahogando y a la defensa arraigada de un plan altamente rechazable son justamente los que ha conseguido batir el exministro. Pero claro, no puedo olvidarme de su ayuda divina; una deidad disfrazada de gorrilla que algo habrá tenido que ver en que España no haya sido multada por los jefazos. Esto es una absoluta metaforización del organigrama celestial unidireccional. Con ese vozarrón y esa solemnidad, Fernandez Díaz me recuerda a ese profesor sustituto al que hay que tratar de usted, llamar de don y respetar hasta por los de la última fila. La voz de don Jorge hubiese sido la ideal para retransmitir por radio el golpe de Estado de Primo de Rivera. Una sobriedad rota por el dolor de anteponer los intereses morales a los de la ciudadanía: Españoles (...), Pues bien, ahora vamos a recabar todas las responsabilidades y a gobernar nosotros hombres civiles que representen nuestra moral y doctrina. Basta ya de rebeldías mansas. Por Dios, por España y por su ángel Marcelo.

Aborrecido del conflicto obrero y de la la injusta apropiación de la plusvalía por parte del capitalista gracias a los valores transformados en valores de uso por la magnitud del trabajador, empiezo a divagar entre las estanterías de libros. La inmensidad me puede y en una cabezadilla entre capítulo y capítulo sueño que me me llama Darío Villanueva después de que días atrás le hiciera una perdida. Le comento que llevo tiempo queriendo okupar un sillón en la Real Academia Española y que, a ser posible, la R o la F, que así me vienen a juego con las iniciales. Con algo de timidez y absoluto control lingüístico me comenta que mi deseo es inviable y que con todo esto de la globalización tienen una lista de espera con personas de habla no hispana para reemplazar a los actuales. Afirma que entre los papables están Melania Trump y Bob Dylan, pero que posiblemente este último rechace la oferta y que se excuse diciendo que el más de taburetes que de sillones.

Y en eso que me despierto y me doy cuenta que todavía me siguen quedando 60 páginas para acabar la obra de Karl, que no tengo ningún sillón en la RAE ni Nobel (en algo me parezco a Zimmerman). Al menos puedo conformarme con tararear la Obertura de Guillermo Tell sin recurrir  a El llanero solitario, tal y como decía Billy Connolly. Al salir a la calle y notar el frío de la noche caigo en la cuenta de que no me había traído la chaqueta. Joder Marcelo, ¿conmigo tampoco? Como aconsejes a tu jefe igual que a mi, la llevamos clara...

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