Columnismo

Feminalismo

09.03.2018 4 minutos

No pretendo con este artículo más que poner encima de la mesa las similitudes que, a mi entender, se dan entre los movimientos feministas y los movimientos nacionalistas (la cursiva es mía). Entiéndase feminismo como la corriente que pretende, a través de las instituciones públicas y con el dinero de todos, hacer pensar a la ciudadanía aquello que naturalmente no piensa sobre la igualdad entre hombres y mujeres, apoltronando en el poder la superioridad moral que gobierna su ideario.

Es evidente que los movimientos nacionalistas se caracterizan por la implantación de la ley del silencio, y así lo hemos visto en Cataluña, donde el miedo a rebelarse contra la opinión ficticiamente mayoritaria ha imperado en los últimos años. Parece que esta teoría sobre el silencio desarrollada por Noelle-Neumann también se da en el movimiento feminista. Por todos es sabido  que las mujeres necesitan y merecen de un empujón moral y económico para salir adelante, y si es a través del sector público mejor que mejor. Sin embargo, nadie se cuestiona por qué esto ha de ser así, y las pocas personas que se atreven a frenar esta intervención de lo público en nuestras relaciones personales son tachadas de machistas y cómplices de la discriminación. De ahí que la tendencia natural sea, de nuevo, el silencio. Escribía la periodista, historiadora y filósofa alemana:

Correr en pelotón constituye un estado de relativa felicidad: pero si no es posible, porque no se quiere compartir públicamente una convicción aceptada aparentemente de modo universal, al menos se puede permanecer en silencio como segunda mejor opción, para seguir siendo tolerado por los demás.

Otra de las similitudes que podemos apreciar entre ambos movimientos es la imposición. No solo la atmósfera represiva sobre el discrepante convierte el feminismo y nacionalismo en impositivos. Más allá de esto, la inaceptable utilización de recursos públicos para financiar a diestro y siniestro a unos y otros obliga al contribuyente a participar ideológica e involuntariamente del contenido de estos movimientos. No es necesario que detallemos aquí las ayudas públicas a la maquinaria propagandística nacionalista en Cataluña. Si conviene, sin embargo, que aportemos algún dato sobre las jugosas subvenciones que recibe la industria feminista en España. En 2017 se concedieron 808.518,75 euros «para la elaboración e implantación de planes de igualdad» (Aquí el enlace para los escépticos). Tú reparte y ya vemos cómo apañamos esto. Esto es tan solo un dato pero da buena cuenta de cómo, al igual que el nacionalismo, el feminismo pretende imponerse por la fuerza en la sociedad, reduciendo el espacio en que se desenvuelve la autonomía de la voluntad y utilizando el dinero de todos para promocionar la doctrina de algunos.

La cultura de la corrección también la sufrimos como consecuencia de la propaganda y la difusión de ideas tanto nacionalistas como feministas. Sobre todo en televisión hemos visto actitudes que pretender ganar medallas al buenismo feminista. Ineludiblemente, la cohorte de ovejas mainstream incurren en la incoherencia propia del que dice lo contrario de lo que piensa y hace, por tanto, lo contrario de lo que dice. Minifalda en Fórmula 1 es cosificar. Dar las campanadas semidesnuda es empoderar. La corrección política consiste, y así lo manifesté en el ágora de lo intelectual de hoy en día que es Twitter, en «decir lo contrario de lo que piensa todo el mundo con el afán de redimirse por hacerlo». De igual modo, la imposición de lo correcto obliga a aceptar como válido el argumento de que «els catalans son diferents», y se tiende a pedir perdón por manifestar que todos somos iguales frente a la ley, a pesar de que todos entendamos que es lo normal en democracia.

Sorprende además la necesidad del feminismo de crear un enemigo responsable de todos los males que padece un grupo de personas [que no colectivo: nada me produce más urticaria que la utilización de ese palabro para señalar a un conjunto de personas con unas características concretas, pues diluye la personeidad del individuo en una masa homogénea que piensa, dice, actúa y reivindica por él]. Hemos llegado a escuchar estas palabras del presidente Fernández Vara: A las mujeres las matamos los hombres. Su declaración aglutina el odio, la corrección, el colectivismo y la desfachatez propios de un movimiento que ni él mismo se cree. Nadie podrá decir una gilipollez más grande sin que apenas se note, debió pensar este sujeto al pronunciar semejante disparate. Pero no nos quedemos en la anécdota, ya que lo relevante del asunto es que se pretenda mantener en el ideario de la ciudadanía que existen dos realidades contrapuestas y enemistadas, y que la cualidad definitoria de ambas es el sexo. Esto también lo vemos en el nacionalismo, que utiliza de forma perversa y estudiada el lenguaje para generar la idea de que la población sufre el inmisericorde odio que un enemigo ficticio arroja sobre ella.

Evítese malinterpretar voluntaria o involuntariamente estas palabras. Que la condena al feminismo colectivista y totalitario no enturbie ni sirva de pretexto para ocultar o desconsiderar una realidad que asola no solo a este país sino al mundo entero: la violencia y acoso sobre la mujer. Este hecho constituye un verdadero problema, y la frustración que nos causa la dificultad para erradicarlo nos puede llevar a tomar medidas desproporcionadas y restrictivas de derechos individuales, incurriendo en lo que se me ha antojado denominar feminalismo. Y por eso digo lo que digo.

Fernando Roca Barba es columnista en Esdiario y autor de Las mentiras del independentismo catalán
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