Columnismo

Futuro

09.08.2016 2 minutos

Hace unos días iba por el paseo marítimo con la moto. Durante el camino, lento por el tráfico, observaba mi alrededor y le daba vueltas al “coco”. Veía un mundo muy moderno, muy adaptado al momento en que vivimos.
Habitamos en un mundo con una mentalidad social muy distinta respecto a no hace mucho, las calles vivas y animadas, cada día más cosmopolita y con la tecnología a la par de la sociedad. Hoy por hoy los avances tecnológicos, las personas y el mundo encajan maravillosamente.

Sin embargo, todo esto me transmite cierto “miedo”, más bien respeto. Respeto a tan frenética evolución en el tiempo que nos deje desfasados. Hoy vemos a una persona mayor y la consideramos como “auténticos” abuelos por la etapa en la que han vivido, las situaciones adversas que han pasado, de sufrir la transición de un mundo arcaico y blanco y negro a su opuesto. También la ropa. Esas camisas desabrochadas, esos gorros de esparto, las chaquetas de cuadros 'vintage'…

Antes no solía pensar en el futuro. Hay quien se lo replantea según las experiencias que vive y las personas que conoce. Otros, como yo, porque simplemente no nos riega la cabeza. Existe “miedo” en cierta medida a hacerse viejo. No quiero imaginarnos enseñándoles a nuestros nietos como era su abuelo o abuela con el filtro del perro en snapchat y diciéndole que abriendo la boca salía la lengua. Tampoco me gusta la idea de un anciano calzando unas Air Jordan mientras escucha temas de 50 Cent y una sudadera con capucha y pantalón ancho gris. No es la esencia.

Ya no me gusta tanto la idea de hacerme viejo. Tampoco la inquietud del porvenir. A quedar desfasados. Miedo incluso a reflexionar. Cómo será el mundo si seguimos evolucionando así. Ahora entiendo por qué se habla de “miedo a la tecnología”, del “miedo a lo desconocido”. Quizás ni siquiera yo este preparado para afrontar lo que viene.

Mientras tanto, me dedicaré a vivir como Natos y Waor, que se paga 15 a 1 a que pasen de los 30. De momento llevo el ritmo, y aseguro que más no se puede disfrutar. Además, me ahorraría el vivir un futuro incierto y desconfiante, y dejaríamos “un bonito cadáver”.

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