Columnismo

Hola, me llamo Crohn

09.11.2018 3 minutos

“Estoy bien, aceptándolo”. No sé cuántas veces habré escuchado esa frase en boca de Laura. Suele acompañarla con esa sonrisa que indudablemente intenta tranquilizarme aunque, sinceramente, pocas veces lo consigue. En ocasiones se escabulle en nuestras reuniones, “hace bomba de humo” y no por voluntad propia, es que no puede más. Ha aprendido más de medicina intestinal en meses que yo en mi primer año de enfermería y, de vez en cuando, bromea con sus limitaciones: “Hoy me he levantado con un dolor insoportable de barriga, a ver cuántas veces me ve el culo Roca”. Sé que saca fuerzas de cualquier mejoría convenciéndose de que podría ser peor, ella misma lo dice.

Aún no soy consciente de lo que todo esto supone para ella, por eso, como buena experta en donar consejos que no sigo, intento animarla torpemente con frases que podrían firmemente encasillarse en el grupo análogo a los “no te rayes”. Hoy, confieso abiertamente que lo que Laura vive desde hace dos años es una gran putada; no pudo acabar su Erasmus y, antes de hacer cualquier plan, se pregunta si tendrá que cancelarlo en algún momento, si volverá a perderse algo que le hace feliz.

Intentaría probar vuestra empatía y preguntaros si os imagináis una vida entre drenajes, pastillas, antibióticos, idas y venidas incesantes al baño y, de vez en cuando, entradas VIP al quirófano del hospital; pero me atrevo a afirmar que vuestra imaginación tiene poco que ver con la realidad. Supongo que lo peor es el miedo a una nueva crisis, la incertidumbre y, sobre todo, la presión de ser correcta en un ambiente rodeada de excesos.

Laura es enferma de Crohn, y como ella alrededor de 150.000 personas en España. Es una enfermedad autoinmune que le afecta al tracto intestinal principalmente y que consiste en un proceso inflamatorio crónico cuya causa se desconoce actualmente. Los síntomas son muy diferentes de un paciente a otro, y ella es coleccionista de fístulas. Estas son conexiones anormales que abren una cavidad orgánica conectando dos partes del cuerpo. Son muy dolorosas, supuran diariamente y la han obligado a dormir, dudo que como un lirón, varias veces en la cama de un hospital, aunque ella siempre vuelve dando lecciones de superación.

El diagnóstico fue una carrera de fondo sin preparación física previa, un trivial para nada divertido pero, eso sí, en familia… médica. Sin embargo, la peor parte de esta desconocida enfermedad es el control de la misma, un proceso que puede durar años y que resulta muy duro para los que la padecen, tanto física como psicológicamente. Laura se encuentra en este momento: su desarrollo le ha llevado a probar numerosos tratamientos (uno de ellos le obliga a pincharse diariamente), cambios constantes de alimentación, de dinámicas y, especialmente de mentalidad. El estrés es un hándicap para el Crohn, por lo que ella, e incido en lo siguiente, nerviosa por naturaleza, está aprendiendo a controlar sus desmesuradas maneras. “Relájate, amiga, que no puedes tomarte las cosas así”.

Así que, nuestro (y ahora también vuestro), amigo el Crohn, que tiene poco de simpático, se asemeja mucho a la atracción de feria con forma de bovino en la que hay que montarse y sujetar el toro por los cuernos para no perder el equilibrio y caer, aunque mucho más puñetero y agresivo. Pero siempre puedes montarte e intentarlo de nuevo, colocar estratégicamente el cuerpo para crear el equilibrio perfecto y ser un buen domador, como Laura. Ella nunca se subiría a un rumiante, pero hace algo mucho más difícil, ver, al igual que David O. Russell,  el lado bueno de las cosas.

Hoy, y para despedir este gran proyecto que con ilusión mis compañeros crearon hace unos años, quiero brindar por el aguante (como diría Calle 13), por todos los enfermos de Crohn que intentan normalizar su situación, y, cómo no, por ella. Laura, eres un ejemplo de voluntad, energía, fuerza y bondad.

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