Columnismo

Iba yo a comprar el pan…

29.10.2016 5 minutos

Decía Umbral que todas las tardes iba a comprar el pan y allí se encontraba con los personajes que le daba la gana. Hacer ficción en el periódico siempre ha sido una cuestión puesta en solfa. En el año 2011 Francisco Rico escribió un artículo en El País donde criticaba la ley antitabaco y lo cerraba diciendo que en su vida se había fumado un cigarrillo, para así dar más legitimidad a su argumentación. Las quejas de los lectores no se hicieron esperar: es sabido que este tío se fuma tres o cuatro paquetes diarios. Javier Cercas salió en defensa de Rico y del humor en las columnas de opinión. Aprovechando la polémica, Arcadi Espada intentó dar una lección a Cercas publicando en El Mundo que el autor de “Anatomía de un instante” había sido detenido en un prostíbulo (noticia falsa). Cercas mordió el anzuelo y amenazó con querellarse. Espada, el positivista ilógico, remató la polémica afirmando “crucé la raya y he vuelto. Lo he hecho. Es un lugar fácil y da un poco de asco. Como un burdel. Solo ahora comprendo los nervios permanentes de Cercas. El peso que lleva. Mal oficio.” Más que escribir un artículo parecía que venía de más allá de Orion, donde vio cosas que nosotros jamás creeríamos.

Este verano, un Arcadi nostradamizado publicaba “Descubren que la verdad importa”, donde henchido de orgullo (no quiero decir “te lo dije” pero…) relataba cómo la defensa a ultranza de la verdad ha marcado su vida. Y lo hace a tenor del viraje hacia la sensatez de los medios anglosajones Times y Guardian, reciente Kryptonita para el infame Donald Trump. La relación de Arcadi con la verdad es dizque kantiana, cercana al imperativo categórico. No seré yo quien cuestione la inmoralidad manifiesta que supone la mentira pero en ciertos casos tengo mis reservas. Por ejemplo, es plausible mentir cuando hacerlo salvará la vida de alguien. El radicalismo se topa muchas veces con excepciones que no confirman la regla pero tampoco la desmienten: verdades engañosas. Como la de San Atanasio, quien remaba en un rio cuando los hombres que lo perseguían preguntaron “¿dónde está el traidor de Atanasio?”, a lo cual este respondió tranquilamente, “no está lejos”. Esta fábula tiene su equivalente rockera: una fan de Loquillo y los Trogloditas llegó al hall del hotel donde estaban los músicos y dijo “¿quién es Sabino Méndez, que me lo voy a tirar?”. Antes de que Sabino Méndez contestara se levantó otro: “Yo soy Sabino Méndez”. Y se subió con la chica a la habitación.

La libertad de expresión no es absoluta y por tanto, susceptible de adoptar cortapisas en ciertos casos. El ejemplo por antonomasia es la sentencia del juez Holmes: nadie puede gritar “Fuego” en un teatro abarrotado. El pago de una entrada se considera un acuerdo tácito entre el dueño del teatro y el espectador para garantizar la función en paz.

Cuando pago un euro y pico por un periódico se supone que el medio se compromete a decirme la verdad, si no en la opinión, sí en la información más pura y dura. En cambio, cuando compro Mongolia soy consciente de que se trata de una revista satírica. Para remarcar esas líneas difusas y aclarar malentendidos quizá los periódicos deberían explicitar dónde dicen la verdad y dónde mienten. También hay gente que no capta las ironías. Este problema concierne únicamente al periódico y sus lectores.

Más controvertida es la ley de injurias y calumnias. El filósofo libertario Rothbard fue muy beligerante ante la injusticia que representa esta ley. Arguye que nadie es propietario de su reputación, dado que esta se basa en sentimientos subjetivos y actitudes de terceros. Siguiendo el ejemplo de Cercas, el putero, podría darse el caso de que su supuesta detención catapultara aún más su carrera literaria. O puede que a un proxeneta excéntrico le diera por forrar las paredes de sus clubs con libros del escritor. Qué sé yo. ¿Debería, pues, agradecerle a Arcadi su otrora difamación?

"La reputación de una persona varía constantemente, según la actitud y las opiniones de los demás. Por ende, expresarse atacando a alguien no puede ser una invasión a su derecho de propiedad, y entonces esta expresión no debería estar sujeta a restricciones o sanciones legales. Por supuesto, es inmoral levantar falsos cargos contra otra persona, pero digamos nuevamente que para el libertario lo moral y lo legal son dos categorías muy diferentes.

Más aun, en la práctica, si no hubiera ninguna ley de calumnias e injurias, la gente estaría mucho menos dispuesta a creer las acusaciones no comprobadas. Hoy en día, si un hombre es acusado de alguna falta o delito, en general la gente tiende a creer que la acusación es cierta, ya que si fuera falsa, “¿por qué no inicia una acción legal por calumnias?”. La ley de calumnias, como es obvio, resulta discriminatoria contra los pobres, dado que una persona de escasos recursos difícilmente estará dispuesta a llevar adelante un costoso juicio por calumnias, como sí podría hacerlo una persona adinerada. Además, ahora los ricos pueden utilizar esta ley en contra de los más pobres, evitando que hagan acusaciones y declaraciones perfectamente legítimas mediante la amenaza de entablarles juicio por calumnias. En consecuencia, paradójicamente, una persona de recursos limitados es más proclive a sufrir calumnias –y a ver restringida su propia expresión– en el sistema actual que en un mundo sin leyes contra las calumnias o las difamaciones".

Y que conste, como diría Francisco Rico, que yo no he mentido en mi vida. Podría ir más lejos, a lo Tony Montana y decir que incluso cuando miento digo la verdad.

Pero tú, querido Arcadi, liberado mío, sigue ciego tu camino.

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