Columnismo

Incienso, azahar y oro, mucho oro

07.03.2016 @JesusRuizRando 2 minutos

La Semana Santa se acerca, y con ella las procesiones, esa vieja costumbre popular andaluza con tronos bañados en pan de oro y plata que portan esculturas barrocas de un alto valor económico y,  para el cofrade, un valor sentimental incalculable.

Siendo yo muy pequeño, sentado en sus hombros, mi padre me llevó por primera vez a ver la Semana Santa de Málaga. Me enamoré rápidamente de aquella estampa, con una pasión que todavía hoy vive en mí con la misma fuerza del primer momento.

Soy cofrade y he metido el hombro. He estado debajo del varal. He escuchado el trono crujir en cada mecida al compás de las cornetas y los tambores, así como el quejido de los demás hombres, y algunas mujeres, que lo llevaban conmigo. Todos al unísono. Y he sufrido el dolor incesante en mis caderas en las últimas horas de recorrido, cuando ya vamos camino de la recogida.

He estado de puntillas en la estrechez y el silencio de Calle Arco de la Cabeza, cuando pasaba, casi oculto tras una espesa cortina de incienso, el dorado y precioso trono del Cristo de la Agonía al son de un solo de corneta acompañado de la marcha piano de las cajas chinas. He pasado horas en la puerta del Mercado de Atarazanas esperando para ver al Cautivo entrar en la Alameda, o en Calle Carretería para ver a la Hermandad de Humillación y Estrella mecer sus tronos al compás de "la malagueña". Y, por supuesto, he disfrutado con la lenta y perfecta mecida del Cristo de la Humildad. En definitiva, he vivido todos esos momentos mágicos de nuestra semana mayor y créanme, sé de qué les hablo y sé de primera mano cuál es el sentimiento.

Dicho todo esto, y una vez que conocen mi bagaje para poder hablar de este delicado tema, les digo que estamos concibiendo la Semana Santa de una manera errónea. Aunque parezca descabellado, no podemos entender las procesiones como algo religioso; no sería ético ni moral. Si Dios existe, estoy seguro de que no quiere que gastemos millones de euros -que es lo que valen muchos de los tronos- en que representemos escenas bíblicas en su nombre mientras millones de personas mueren de hambre. O que los tronos sean acompañados y "escoltados" por cuerpos militares. Seguro que, antes que en Calle Larios, le gustaría que su imagen se procesionara en los barrios más pobres y marginales. Y ni hablar del precio de las gradas y tribunas para ver las procesiones. Yo, particularmente, vivo la Semana Santa al margen de todo esto, y la veo como una manifestación cultural llena de belleza y sentimientos artísticos. Cada uno la siente a su manera, no lo discuto, pero no seamos hipócritas ni intentemos engañarnos a nosotros mismos.

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