Columnismo

La danza macabra

02.10.2017 @saxofonator 2 minutos

Considerar “mambo” el dantesco escenario que fue ayer Cataluña es un insulto a la legendaria figura musical de Pérez Prado. Unificó América del Sur en los años 40 a través de la mambomanía. Realmente, en las desoladoras imágenes que se repitieron durante todo el día de ayer en nuestras pantallas sonaba de música de fondo los acordes de la Danza macabra de Saint-Saëns, tan tétricos como patéticos.

El independentismo, sin conseguir la independencia, ganó de buena mañana. Buscaba dos instantáneas: Puigdemont votando y la Policía Nacional partiendo lomos a las puertas de cualquier colegio electoral. Ponte a explicarle al niño subido a hombros de su padre, en mitad del sarao, qué es la posverdad y cómo el pobre, sin saberlo, la está alimentando hasta convertirla en un monstruo. Relaciónale a Orwell con ese agujero negro que son las redes sociales.

Solo un Gobierno blando y una oposición perdida pero cómoda en su desubicada posición pueden permitir un esperpento de tal magnitud. He de reconocerme ingenuo al confiar en la serenidad y firmeza gallega para evitar “la tensión y el ridículo”, como se dijo hace una semana. Tensión y ridículo. La equidistancia del PSOE es, también, decepcionante. Si Sánchez demostrara rotundidad y claridad desde el primer momento, y no a toro pasado, aspiraría a desbancar al ejecutivo tan débil que ha dejado esta grave crisis. La realidad es que los cuatro grandes partidos han lucido más su cobardía que su intención y deseo de diálogo y cooperación.

Los cuerpos de seguridad son, junto con la sociedad civil catalana, las grandes víctimas de esta malévola danza. Usados como cabeza de turco de una clase política necia y barata, son ellos quienes están acumulando el odio del conflicto. La pasividad de los Mossos, abanderados de una revolución de sonrisas y abrazos, avivó la tensión y aumentó notablemente la responsabilidad coercitiva de quienes trabajan por garantizar la ley, pese a quien le pese. La verdad, también pese a quien le pese, es que, si los Mossos hubieran querido, los colegios se habrían desalojado sin violencia, tal y como manifestó el exeurodiputado de Convergència Ignasi Guardans.

Solo por la encerrona y el apuro en que el Gobierno, que sigue admitiendo que no hubo referéndum, puso a las fuerzas de seguridad, deberían depurarse responsabilidades. Mientras tanto, España pasa de delimitarse geográficamente en autonomías a fracturarse socialmente en banderas. Y nadie lo evita: todos danzan el baile del horror.

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