Columnismo

La expectativa

13.03.2018 @@RomanGCamas 2 minutos

Entre lo que es justo y lo que es exigible siempre impera una paleta de ofendidos muy colorida. Además, suele coincidir con un abanico de exprimidores con mala uva. Y es que ambos son frecuentes en meterse en todo tipo de marrones y huertos; respectivamente.

La expectativa se ha convertido en su estilo de vida, renovable tras cada soplido de velas por cuestiones de ingeniería financiera que se me escapan. Y cualquiera que ose incumplirla, independientemente del grado de voluntariedad en tamaña desfachatez (que dejen eso para el Juez de Vigilancia Penitenciaria), ha de ser juzgado, condenado y sentenciado a golpe de tuit descarnado. Pero, eso sí: un pío sincero y a la cara. Como tiene que ser.

Han pasado del solíamos al suelo. Del afecto incondicional simple al individuo condicional perfecto. Del “sí podemos” al “y tú más”. Del insulto ingenioso en ciento cuarenta caracteres al genio insultante en doscientos ochenta. Del truco de cartas anónimas al juego de espejos reversibles. Y tu deber es comértelo, aun alegando objeción de conciencia si fueras vegana (o vegano, no se me vayan a ofender también).

Su horizonte se ha vuelto más alcanzable que nunca. Y ojito a que le falte una buena puesta de sol algún día con velero ensombrecido incluido (lo que explicaría el aumento de los cursos de patrón de barco). Quizá hubiese que encararlo sin soñar y desperezado, aunque sólo sea por evitar que la línea se vuelva vertical y el enfado prestado se considere original. Sí, como el pecado.

Y es que eso de hacerse risa encima ha pasado a mejor vida. O a peor, según se mire. Ya sólo queda armarse de paciencia con el riesgo de morir de aburrimiento. Por la expectativas, ya saben. Y por, al menos, escribir en los márgenes de lo políticamente correcto sin ser visto.

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