Columnismo

La familia que elegimos

10.01.2017 4 minutos
Hace un par de días me llegó una carta que me tiene desconcertado. En ella, Luis y Facunda se complacen en invitarme a su boda. Hasta ahí bien. Pero a renglón seguido me comunican que les encantaría que yo fuera su padrino. Automáticamente compruebo, abatido, que no es 28 de diciembre y que yo no soy un santo inocente. Casi habría preferido una factura o una orden de embargo. Y no porque ser padrino de boda sea un suplicio (hay cosas peores: ser el novio, sin ir más lejos) sino porque desconocía completamente hasta acusar recibo el otro día que Luis tuviera novia y mucho menos, que llevaran saliendo cinco años.

Hay que ser muy taimado o muy gilipollas para conseguir hurtarme a su novia durante cinco años en nuestras charlas amistosas. En mi defensa diré que yo a Luis lo he conocido sobre todo ebrio, pero también sobrio. Y mucho me extrañaría a mi no acordarme de un nombre como Facunda. Así pues, me apena descubrir esa fase de la amistad en la que dos personas dan por hecho que se conocen y, por tanto, eluden cualquier tipo de conversación más allá de lo estrictamente protocolario (el fútbol, y... el fútbol). El razonamiento de Luis, por más vueltas que se le dé, no hay por donde cogerlo: es mi amigo, ergo, debe saber que llevo saliendo cinco años con una chica de la que yo no le he hablado.

Tiene razón David Trueba cuando dice que la amistad está sobrevalorada, como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas. Aunque sobre esto último existan opiniones muy divididas. Decía Ariadna en Twitter: <<Eso de que el tamaño no importa... "da igual que sea pequeña si la sabe usar"... A mí dame una grande que ya la uso yo>>.

Trueba nos revela que un amigo es alguien que te paga una prostituta haciéndote creer que te la has ligado tú, solo para subirte la autoestima. Y si es un amigo de verdad, de esos fetén, en cuanto ve que empiezas a pavonearte y a darte aires de seductor nato, te descubre el pastel y te lo estrella en la cara.
Me viene a la memoria una de las historias que se relatan en la película "Una pistola en cada mano". Dos parejas se dirigen a la misma fiesta pero por casualidades del destino lo hacen intercambiadas. María le cuenta a A. las miserias de su matrimonio mientras este hace ímprobos esfuerzos por reprimir la sonrisita burlona. Le cuenta que rigen su matrimonio por un manual de psicomagia. A. se niega a aceptar que su mejor amigo M. le unte los pies de mermelada a María y se los chupe o que cada vez que sienta celos meta dos euros en una hucha con los que luego comprarle un regalo. A. se sorprende cuando María le confiesa que M. es un maltratador. "Es mi amigo, me habría dado cuenta".

-¿Vosotros cuando quedáis, exactamente, de qué habláis?- pregunta María.

-Nosotros hablamos de cosas importante, no como vosotras- le vacila A.

-Tienes razón, nosotras solo hablamos de nuestras parejas...- zanja María en modo thug life.

Simultáneamente, se está produciendo el encuentro de Sara con M.

-Tu amigo A. tiene una disfunción... eréctil- comenta Sara.

-¿Dónde?- pregunta M. atolondrado.

Que Sara (Cayetana Guillén Cuervo) no te excite lo más mínimo es, en efecto, preocupante. Se da una situación parecida a la anterior: Sara airea las vergüenzas de su marido (ha ido a varios psicólogos, hace danza africana porque le ayuda mucho...) y M. se mofa con disimulo. La misma tónica."Es mi amigo, me habría dado cuenta".

Esta escena pone de relieve dos cosas llamativas: la primera es que las mujeres se lo cuentan todo y lo que es más importante, saben humillar con elegancia; la segunda es que los hombres actúan subyugados por ese prurito de vanidad de machito alfa de la manada que erróneamente cree que desnudarse y abrirse en canal es un síntoma de debilidad.

Cuando los dos amigos se encuentran en el portal del edificio esperando al ascensor se produce la secuencia de mayor comicidad: ambos conocen ya sus respectivas cuitas pero no se atreven a escupírselas el uno al otro. Esa cara de circunstancias, ese rictus avinagrado a medio camino entre la decepción y el hastío.

Llevo horas frente al espejo practicando esa cara para cuando me llegue el momento de usarla. Estoy reinventado el método Stanislavski.

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