Columnismo

La gran mentira

Carmina

15.11.2016 @adrivazquezr 3 minutos

Que el alumbrado navideño llevara puesto cosa de un mes nos daba pistas pero de muchas cosas. Sin embargo, todavía teníamos que esperar. La decoración de Navidad había conseguido hacerse un hueco también hace poco en los grandes centros comerciales. Los jerséis de lana con bordados de árbol, reno, Papá Noel o, qué se yo, galleta de jengibre ya habían comenzado a tejerse entre las madres más ñoñas y apañadas desde hacía un par de semanas. Aún así, todavía no. Grupitos de niños asaltaban casas queriéndote vender todo tipo de mantecaos' para un viaje de fin de curso que acabarán pagando los padres. Los supermercados, estos habían sacado la artillería pesada: los turrones. Y estaban dispuestos a reponerlos hasta convertirnos en bolas de carne y grasa. Todo parecía indicar que la Navidad había llegado pero cualquier español que se precie sabe que esta época comienza en el momento que termina el último segundo del anuncio de Lotería de Navidad. Eso es así.

Y así ha sido. Ayer se estrenaron ambas cosas. Yo me dediqué a buscar sin éxito a mi Calvo como quien busca a su Wally particular durante los cinco minutos que este duraba. Asumiendo como medida desesperada que el flequillo sobresaliente de aquel gorro sería falso. Aunque para falso el pueblo de Carmina.

Veréis, este año el anuncio lo protagoniza una abuelita entrañable: Carmina. Ella cree que le ha tocado la lotería cuando lo que realmente estaba viendo una repetición de otro año. Es entonces cuando a sus familiares les da pena y deciden seguirle el rollo y liar la de Dios con medio pueblo invitado gratis a comer a punta de pistola. La broma un ratito y tal está bien pero de ahí a tener que vender un par de riñones para irse de rave con la abuela no. Con lo fácil que es decir la verdad y ya está, o sea, si a esa maravillosa anciana no le ha dado un infarto al enterarse que le ha tocado la lotería, llámame loca pero que después de ochenta y tantos años se entere de que esta vez tampoco le ha tocado no se lo va a provocar. Por no hablar de ese pueblo, porque una de dos: o son todos unos actores de la hostia o la buena de Carmina es más lista de lo que parece y lo sabía todo desde el principio. Puede que se estuviera haciendo la loca, que hubiese decidido cobrarse todos los regalos de cumpleaños olvidados estos años, las fiestas y hasta la factura de las llamadas felicitándola que no recibió. Darse una alegría que su pensión no le podría ofrecer pero que con un poco de pena los lerdos de sus hijos sí. Carmina no es nadie.

Y ahora que lo pienso, por esa regla de tres Trump tampoco. Puestos a desconfiar, quién nos dice a nosotros que los estadounidenses no son también unos lerdos. Que les dio pena el pobre, perdón, el rico Trump, decidieron seguirle el rollo y ahora no hay cojones de decirle la verdad. Vaya a ser que construya el muro de verdad pero usando cabezas a modo de ladrillo. Oye, que todo es ponerse. De cualquier forma, a esta gente más que un riñón la bromita les ha costado algo así como la presidencia de los Estados Unidos. Menos y ná'.

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