Columnismo

La gran mentira

¿Jugamos?

10.05.2016 @adrivazquezr 2 minutos

Aquí en España somos muy de indignarnos por todo. Eso es así. De darle tanto bombo a los problemas que el propio Manolo más de una vez se ha planteado qué hueco quedaba ya para él como animador de eventos entre tanto catastrofista.

En estos 4 meses de legislatura no nos ha ido tan mal. Vale que no tuviéramos un Gobierno de verdad. Pero la vida continuaba: el afilador/tapicero seguía jodiendo al personal todas las mañanas de domingo con su penetrante musiquilla. Los documentales de La 2 seguían siendo el mejor somnífero que nadie inventará jamás. Y mi vecina del quinto, "la Lola", seguía tendiendo la ropa en días de lluvia porque sí. Todo transcurría con normalidad. La UE continuaba con sus amenazas y nosotros le echábamos tanta cuenta como mi Lola a los nubarrones que precedían el puto diluvio universal.

El problema llegó cuando nos dimos cuenta que este año al final los españoles pagaríamos dos elecciones. La broma nos volvería a costar en torno a unos 130 millones de euros aunque se prevé un ahorro para el que, para variar, parece no haber consenso aún.

Si nuestros políticos -pese a los intentos- no han sabido resolver esto como adultos, hagámoslo como niños. Ya que las elecciones parecen haberse convertido en un juego, será así como elegiremos presidente. Es lo justo. Se denominará "sillón presidencial". Consistirá en colocar varias sillas formando un círculo, siempre una menos que el número de candidatos. Se pondrá música y estos tendrán que dar vueltas alrededor. Cuando la canción se pare todos habrán de sentarse, quién se haya quedado sin sitio quedará eliminado. Fácil. Así se sucederán las rondas hasta que solo quede una. Será entonces cuando saquemos a pasear el tan ansiado sillón presidencial y descubramos al vencedor.

Lo bueno de este sistema para elegir presidente es que además de rápido es barato y las acusaciones no te dan ninguna ventaja estratégica frente al rival. Aunque, sin duda, lo mejor de todo es que a este juego -para tristeza de algunos y alegría de otros pocos- uno no puede jugar desde un plasma.

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