Columnismo

La gran mentira

Las verbenas son para el verano

21.06.2016 @adrivazquezr 3 minutos

La primavera estaba sobrevalorada, o eso dicen. No era más que algo así como una dulce introducción al caos que desata el verano. Porque el verano es vida y porque con él comienzan los días de playa, las chanclas al borde de una lipotimia y ese olor a guiri de vuelta y vuelta a la parrilla. Pero, sin duda, mi parte favorita del verano eran, son y serán siempre las verbenas.

Toda persona que se precie tiene un pueblo, "su pueblo", que visita en verano. Cuánto más cazurros sean en él, más orgulloso has de estar de él. Pues entre sus  campechanas gentes se encierra lo mejor de cada verano, las famosas e inigualables verbenas. La excusa perfecta para volver, para ver a tu abuela bailar con las amigas, como si hubiesen pactado con el mismísimo Belcebú la hora del velatorio al día siguiente.

Aquello era un festival de perlas, vestidos de flores y cabezas con permanentes teñidas de los colores más imposibles. Ellas jugaban a dar vueltas como peonzas hasta que alguna cayera al suelo y acabase en urgencias con un esguince. O, peor, acabase enseñándonos la braga faja a todos los presentes. En cualquier caso, este era y es el sistema de eliminación "marujil", por el que solo quedaría una al final de la noche. Mi Lola y sus "bailoteos" siempre han sido duros competidores, sin rival cuando vestía de rojo. Umbral le advirtió una vez de lo radiante que estaba. Del Pozo me da que asintió.

Por la parte que le toca al ala masculina se hace lo que se puede para conseguir lo que se quiere. Suelen ser pocos los valientes -más borrachos que valientes- que se animan. Con la camisa abierta y/o con dos botones mal abrochados, salen con los mofletes coloraos', una barriga perfectamente embarazada y el pecho al descubierto. De los cuellos de estos pecholobos ibéricos, cuelgan cadenas de oro. Estas, con balanceo hacia atrás y hacía delante, chocan con las gotas de sudor que corren torso abajo luchando por escapar de aquella pelambrera blanca y húmeda. Ay.

Una buena verbena siempre ha de terminar con un "Follow the leader". Un líder que siempre termina siendo aquel anciano al que acaban de operarle de cadera, la próstata e incluso de cataratas. Suelta el tacataca con el que había engañado a sus hijos este tiempo. Baila. Y descubre el pastel frente la atónita mirada de estos que no llegaban a comprender qué clase de brujería era esa.

El viejito que nos abordaba todos los días a mi amiga y a mí, con el fin de reconvertirnos en fervientes feligresas a una servidora y a una atea redomada, tendría la solución: un milagro del Señor. Pero, ¿y si no? ¿Y si el verdadero milagro del s.XXI fueran las verbenas? ¿Y si esta vez no fuera una invención humana? Decidido: mañana le abordamos.

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