Columnismo

La gran mentira

Lentejas

18.10.2016 @adrivazquezr 3 minutos

De pequeñas, mi hermana y yo le teníamos declarada nuestra particular guerra a las lentejas. Tenían color mierda y con eso nos bastaba. Y si tenían color mierda era factible que también supieran a esta. Así de sencillo. Cualquier argumento posible a su favor era aniquilado por este último de forma ipsofacta y automática. Mi madre, que por aquel entonces ya era santa, se ganó unos metros más de parcela ahí arriba en sus intentos por refutarnos esta  gilipollez.

La jugada, pese a que esta fue cambiando algunos aspectos conforme crecíamos, siempre comenzaba de la misma forma: sospechosa e inesperada. Sospechosa porque los días que había lentejas mi madre parecía mutar en la cocina a un ser extremada e inusualmente silencioso. Un ser que cuando le preguntabas desde la planta de arriba sobre qué había de comer era capaz de responderte "comida". Ahí ya nos olíamos algo, pero a lentejas ya te digo yo que no.  O, ¿acaso alguien ha dicho alguna vez "huele a... lentejas"? No, no y no. Lo cierto es que aquella mujer, compinchada con esas bolitas marrones, siempre nos la metía doblada sin previo aviso.

Así que allí estábamos la mellada de mi hermana y yo con plato por delante. Era casi un ritual. Tras un par de quejas, mi madre, con el objetivo de que ingiriésemos ese ansiado hierro del que hablaba, nos contaba cuentos. Aunque no cualquiera, eran inventados por ella. Estas historias seguían siempre una serie de patrones que se repetían estratégicamente: dos princesas que casualmente se llamaban Paula y Adriana. Ambas igual de guapérrimas, con el pelo igual de largo e igual de listas y valientes. Con unos príncipes de oficio y de ensueño. Ambos. El truco estaba en crear debate sobre quién era más tal o más cual y alargar así la comida. Eso hasta que mi madre me cortaba el rollo o mi hermana estimaba oportuno escupir las lentejas por toda la cocina.

Con los años, esta pasó de fuente improvisada a chivata de cuidao'. Entre medias hubo el periodo denominado "de ahí no te levantas hasta que te lo comas". Fue una etapa en la que de primeras mi hermana me cascaba un par de cucharadas por ser la mayor. Ya luego cuando no nos veía nadie, tirábamos la mitad al váter. No tardaríamos mucho en pasar a la más dura: "si no te lo comes ahora, te lo comes para merendar, tú verás". Y yo veía, veía las agujas del reloj dar vueltas y más vueltas. Mi hermana no tanto. Ella más bien se entretenía observándome en mis intentos fallidos por alcanzar el fregadero -que pillaba más cerca- antes de que se chivase a la que venía siendo el jefe de la DEA en mi casa, mi madre. Incorruptible.

Lo que ella no sabía, es que yo me pasaría años y años esperando a que diera un paso en falso. Y lo dió: me compró un perro.

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