Columnismo

La gran mentira

Ludopatía electoral

25.10.2016 @adrivazquezr 2 minutos

Hay gente que tiene suerte en el amor. Otra que tiene suerte en el juego. Y luego está aquella que simple y sencillamente no tiene suerte. Los que no tienen la suerte de los primeros acaban sufriendo el denominado mal de amores. Esto puede llegar a convertirlos o bien en perfectos acosadores o bien en perfectos aduladores. Por otro lado, los que no tienen la suerte de los segundos acaban mutando a ludópata en prácticas constante o, peor, novio redomado. Pero, ¿qué pasa con los que no tienen ni la suerte de los primeros ni mucho menos la de los segundos? Fácil, esa gente se mete a político.

Un político -de forma generalizada y por ello injusta- al no tener la dicha de ningún grupo tiene un poco de ambos: algo de adulador y otro mucho de ludópata. Y es que, en detrimento de lo que puedan pensar mal perdedores como Maduro o ese coreano tan gracioso y malhostiado, el juego de la democracia es adictivo. Engancha. De ahí que seamos de los paises de la Unión Europea con más políticos.Lo bueno de ser un ludópata es que no necesitas de una formación. Uno puede llegar, leerse las reglas y comenzar a jugar. En política pasa lo mismo. Los ludópatas del siglo XXI son políticos. Asentados ya en el juego de la democracia, la irrupción de dos nuevos partidos en la coyuntura actual puso las cosas más difíciles a todos los participantes. Quizá por eso en el juego de la aritmética parlamentaria a nadie le salían las cuentas, nadie era capaz de ganar. O tal vez porque ese juego era tan adictivo que cuanto más se alargara más podrían jugar. O más bien porque un ludópata no compartiría nunca su fortuna. Porque los ludópatas obsesionados con ganar no juegan en parejas, juegan siempre de banquero en el Monopoly.

Hay gente que tiene suerte en el amor. Otra que tiene suerte en el juego. Y luego está aquella que simple y sencillamente no tiene suerte. Ay.

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