Columnismo

La gran mentira

Me pone una rubia

23.04.2016 @adrivazquezr 2 minutos

Hacía tiempo que notaba su presencia escurridiza. Sentía cómo cada vez cerraba más el cerco en torno a mi persona. Emulaba ser un elemento más del decorado. Se mimetizaba con el medio con -me atrevería a decir- asquerosa maestría. Poco a poco se volvió casi tan omnipotente como insistente. Fue entonces cuando me di cuenta de que aquella puta frase me perseguía: “Me pone una rubia”.

Ahí estaba. En todas partes casi sin querer. ¿Pero qué coño le ha dado a todo el mundo por las rubias? “Me pone una rubia” en las conversaciones de gimnasio de rollitos de noche de primavera rellenos de pollo, arroz y anabolizantes. “Me pone una rubia” en los labios deseosos de cerveza -y vírgenes aún de rubias de hueso y carne- de mi colega Suvi frente al camarero tras la barra del bar. En la mesa de detrás se comenta también entre anchoas con queso. Algo que no hacía menos que delatar  un pésimo gusto culinario -gustos y culos, dicen por ahí las malas lenguas que todos tenemos uno y cada cual el suyo-. Pero, por estar, estaba hasta en la Iglesia. Yo misma la escuché saliendo de puntillas de las cuerdas vocales de un feligrés. Como si Dios no tuviera mejores cosas que hacer que montar una fábrica de rubias tontas y explosivas al por mayor -pese a las muchas peticiones de creyentes y ateos-. Por eso de que Dios y la monarquía se llevan de puta madre o porque ese día se levantaría él muy católico, este le dio al emérito una rubia -pollo, tío, ¡pollo!- para colocarla en su vitrina. Musa entre elefantes. Lo que ninguno sabía es que las musas al igual que las rubias, son un total y completo fraude. Y si las mezclas… “petan”.

Todos los somos. Ni las rubias están todas buenas ni son todas tontas. Como tampoco las musas aparecerán nunca cuando y donde uno quiere porque probablemente sean rubias y lleven perdidas un rato dando vueltas sobre sí mismas. Así que una no es ni rubia, ni tonta, ni musa. Pero habrá que seguir disimulando por aquello que decía Umbral de que “el mundo no se merece la verdad. La gente no se merece la verdad. Nadie se merece la verdad. Y hay que salir con la mentira por delante a la calle”. ¡Grande Umbral! Aunque más grande hubiera sido mi ego si el gran Cristóbal Villalobos no me hubiera hecho la putada de descubrir al mundo mi secreto: “tú te haces la rubia”. Le miré, me miró y miré al camarero descubriéndoles el que ellos creerían el secreto mejor guardado de todos: “Me pone una rubia. O mejor, dos”.

Etiquetas, , , , , ,
Artículo anterior Artículo siguiente