Columnismo

La gran mentira

Mi madre tiene un problema

03.05.2016 @adrivazquezr 3 minutos

"¿Que mi madre qué?". Es un acto reflejo de nuestro sistema nervioso, lo sé,  pero tranquilidad. Todos estamos de acuerdo en que las madres son lo que las vacas a la India: sagradas, sin necesidad de nexo causal ni lógica de ningún tipo. Lo que el Día de la Madre al Corte Inglés. Día en el que las madres siguen siendo igual de buenas pero dejan que nosotros -comercialmente hablando- nos creamos mejores hijos. Maravillosas, como siempre.

Aún así, mi madre tiene un problema. La tuya, también. Todas lo tienen. Mienten. Mienten como bellacas. Mienten como si estuvieran en una constante campaña electoral invertida. Porque no, no eres el mejor en todo lo que haces ni de lejos ni mucho menos de cerca y con las gafas puestas. Esa camisa no te queda tan bien como te ha dicho pero, lo cierto, es que la ha comprado en rebajas y habrá perdido el ticket. Tus ojos son bonitos, vale, pero tan marrones como los de la mayoría de la población española. Tu sonrisa es de actor de cine, pero el de los miércoles que es más barato. No eres el más guapo y, sí, sí lo dice porque sea tu madre. Son estas mentiras de madre lo mejor y también lo peor que a uno le puede pasar. Si no, que se lo digan al "pequeño Nicolás".

A mí me gusta imaginármelo sentado en el regazo de su madre hace unos años, contándole sus planes futuristas como espía. Ella seguidamente le soltaría una mentira del manual de madres: "claro que sí, serás un gran espía. El mejor de España". Él, como buen hijo, le creería. Y así hasta ayer, Dos de Mayo.

Nuestro pequeño agente secreto había captado la indirecta: le habían mandado a su madre la invitación a la recepción oficial para no dejar huellas. No había otra explicación, el resto de teorías posibles se tornaban demasiado estúpidas. ¿Por qué si no la habrían invitado sabiendo la que se podía liar? Estaba claro, de nuevo, le querían dentro para que terminase lo que empezó.

Nuestro pequeño infiltrado consiguió entrar, salir y cuando se disponía a volver a hacer de las suyas en el interior de la Real Casa de Correos... ¡zas! Su propio levantamiento "popular". Fue entonces cuando pronunció la contraseña secreta: "Que venga protocolo". A partir de ahí todo fue rodado. Las volteretas y los triples mortales hacia atrás se sucedían por los numerosos y angostos pasillos de aquel edificio. Las salas con rayos láser presenciaron movimientos que nunca hubiesen querido si quiera imaginar. Las alarmas se desvanecían a su paso. Las chicas, también. Todas menos una: Cifuentes. Su último objetivo.

Hubiera sido bonito, casi épico, contaros que consiguió terminar la misión: hacerse el último "selfie" para completar su álbum de fotos. Pero no es cierto, me lo he inventado. Me pareció lo propio. Por eso y porque creo que hay tres cosas que deberían ser eternas en esta vida y en la siguiente si la hay: mi madre, Manuel Alcántara y los "selfies" con "El pequeño Nicolás".

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