Columnismo

La gran mentira

"Mientras que haya bares"

24.05.2016 @adrivazquezr 3 minutos

Aquel semejante esperpento de señoras siempre andaban reunidas en la calle de en frente. Eran lo más parecido a hormigas saboteando un buen picnic. Llevándose cada una lo que podía rapiñar para almacenarlo en su hormiguero. Pues estas eran igual de feas e igual de bichos, pero con las antenas mejor puestas. Capaces de captar cualquier cotilleo a 500 metros a la redonda, para luego ponerlos en común y ofrecérselos a la cotilla reina del barrio.

En el día de hoy, el manjar más jugoso giraba en torno a mi calle. Llevaba años cerrada, los mismos que ellas -rojas, a punto de explotar ya- habían estado intentado averiguar qué narices pasaba allí dentro.

Mi calle antes era diferente. No sé cómo me hice con ella, solo sé que siempre fue mía. Crecí con ella. Conocía cada una de las grietas que sus edificios habían acabado por coleccionar con el paso del tiempo. La altura exacta de las farolas kilométricas que iluminaban mi calle en la noche y el banco que tenía las mejores vistas justo antes de que esta cayera.  El número de árboles por los que respiraba, pero también el número de peldaños desde mi casa al bar que le daba vida a esa calle, que la hacía palpitar. Mi favorito. Allí mis pies habían pasado de colgar del asiento pegado a la barra a "colgarse de cualquiera que le guste trasnochar". Ese cualquiera siempre era la liante de Antoñita "La Fantástica". El alma de to' los "saraos". Yo bailaba con ella. Ella bailaba conmigo. Y las dos juntas bailábamos lo que nos echasen. Hasta que un día nos echaron de verdad. A nosotras y a todos los presentes. Ni siquiera nos pusieron música hortera de esa que suena en los garitos cuando quieren echar al personal. La música dejó de sonar, sin más. Un paro cardíaco súbito. Sin retorno.

Yo solía pensar que "mientras que haya bares" la vida seguiría siendo vida. Pero cuando el bar "chapó" mi calle quedó muerta. Los primeros días llovió y pataleé a partes iguales: mucho. Los siguientes, me dediqué a echar -a patadas igualmente- a toda persona que estuviera dispuesta a seguir paseando como si nada por mi calle. ¿Cómo podían atreverse? Así que terminé cerrándola a cal y canto conmigo dentro.  Con el tiempo descubriría callejuelas en las que la luz del Lorenzo no brillaba demasiado, quizá por eso tardé algo más en descubrirlas. Obras por rematar y carteles por pegar. Sin embargo, mi objetivo era el mismo. La opinión de los expertos en la materia también: no había presupuesto en el mundo que consiguiera volver a poner en funcionamiento aquel bar. Reanimarlo años más tarde como si del corazón de Walt Disney se tratase. "Gilipollas", pensé. Yo, no ellos.

Como resultado, me encadené a la puerta de aquel bar segura de que ningún policía se atrevería a alejarme de allí. Perdía el tiempo esperando quién sabe qué. Así que ahora me dedico a dar paseos por mi calle, intentando siempre ir del brazo de Lorenzo. A él lo dejé entrar hace poco.

Y tengo a las vecinas como locas, lo sé.

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