Columnismo

La gran mentira

"Todos a casa de Tita"

31.05.2016 @adrivazquezr 2 minutos

Ay la que se está liando en Barcelona. Ay estos pobres desamparados ante la ley. Ay estos "piojosos" qué cara tan dura. Ay estos mossos cómo se pasan. Ay estos mossos lo que aguantan. Ay estos vecinos qué majos son. Ay estos residentes del barrio de Gràcia, que no dejan dormir a los okupas con sus carcajadas. Ay, ay, ay.

¡Ay pena, penita, pena!

Mi Lola -que no la de Emilio Arnao, de las personas más agradecidas que desconozco- de penas entendía un rato, de leyes no tanto. Si lo hubiera hecho, hubiese entendido que el llamado Banco Expropiado es una propiedad privada. Con eso tan característico de este tipo de inmueble... un dueño, que puede hacer con ella lo que quiera que para eso es suya. Sí, algo así era.

Hasta la llegada de Colau, los okupas habían montado un centro social por su cuenta. El exalcalde de Barcelona, Xavier Trias, decidió -también por su cuenta- pagar el alquiler a su propietario pero con el dinero de todos los  barceloneses, claro. Y pagó pese al informe negativo de los técnicos del Ayuntamiento. Pero lo hizo para salvaguardar la paz social. "Para anteponer el interés general de la ciudad por delante de todo" -no confundir con interés individual a un par de días de las elecciones-.

Yo había dejado de creer hace tiempo en el concepto de "anteponer el interés general" cuando salía de boca de un político, después del chapapote de corrupción en nuestro país. Hasta que llegó Carmen Thyssen -conocida también como Tita Cervera-, con su vestido de los domingos, zapatos de mercadillo, joyas de prestado algo oxidadas y gafas "Royo Ban". Erigiéndose como la sufridora que desvelaría al mundo el que seguramente sería el secreto mejor guardado de cualquier  adinerado: "ser rico es muy difícil."

Tanto que volví a creer. Tanto que entendí que los políticos corruptos no son más que unos Robin Hood del siglo XXI. Con la diferencia de que ellos no roban a los ricos sino a los pobres, con el fin de asegurarse de que estos últimos no lleguen nunca a sufrir el martirio de ser rico. Ahorrarles la agonía de saber que sí, que otra vez llegarían a fin de mes. Que otra vez tendrían donde caerse muertos. Que de nuevo, la vida les sonreiría. Así que, mendigos, parados, desahuciados, okupas... ya os vale. No estáis tan mal. Os hemos pillado. Podéis dejar de disimular. Todos creemos a Tita.

O, ¡qué cojones!, todos a casa de Tita.

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