Columnismo

La gran mentira

Pecadora

27.09.2016 @adrivazquezr 2 minutos

Yo creía que hasta la fecha entendía el castellano a la perfección. Del derecho y del revés. Que yo entendía al borracho más etílico y a la merdellona más hortera. A todos y cada uno de los hispanohablantes. A todos, hasta que llegó Pablo Emilio Escobar Gaviria. Maldito huevón.

En serio, ¿hay persona viva -o muerta, me da exactamente igual- capaz de entender qué narices dice ese hombre, sin un curso acelerado de leer los labios, bajo ese bigote frondoso y renegrido? Porque a mí aún no me lo convalidaron. Sufro. A veces, "Narcos" y yo, nos echamos ese pulso. Si en los primeros cinco minutos no consigo descifrarlo, he perdido. Y lo hago, perder, digo. Nos condenamos a desentendernos, así como lo hago yo a menudo con quienes me leen. Pecadora confesa, pero pecadora igualmente.

Un colega, que sabe de mi ausencia de alevosía, me contaba hace poco que su hermana me odiaba. Sí, así. Un odio fruto del no entendimiento de lo que mis pérfidas neuronas tramaban allí arriba cada vez que mis dedos kilométricos tocaban el teclado. Me narraba vacilante como ella se había convertido en lectora por coraje, por crispamiento y por echarme un pulso. No por nada más.  No la culpo. Pero me entristecía autoengendrarme como una pecadora incomprendida, pero -de nuevo- pecadora igualmente. Sobre todo, porque había visto las suculentas tartas que mi enemiga era capaz de hacer. Ay.

Horrorizada por todo aquello, fui allá donde iban las pecadoras a confesarse arrepentidas. Cogí sitio. Escuchaba una voz de lejos que no se molestaba en vocalizar. Cuanto más hablaba, más parecía yo desaprender el castellano. Me puse de puntillas buscando un bigote conocido en ese cura. ¿Sería el "ioeputa" de Pablo Escobar?  No, no lo era. Aún así, la idea de ser a mis lectores lo que ese cura a mis oídos era deplorable y reprochable. Pese a ello y para mi sorpresa, los feligreses permanecían inmutables. Eran fieles a ese tipo después de todo.

Todavía había salvación para mí en mi corta y pecaminosa trayectoria. Podía enmendarme, pues se ve que si me confieso ahora me regalan dos avemaría y un billete -de ave también pero sin María, ella andaba cansada hoy-.Un billete de esos que te dejan en las mismas puertas del columnismo.

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