Columnismo

La gran mentira

¿Y ahora qué hacemos?

22.11.2016 @adrivazquezr 3 minutos

Llevaba un par de meses viendo a aquel niño en el parque. Una miraba de reojo porque es discreta y porque el horno nunca está para bollos. Tendría cinco o seis años, pelado de playmobil, un manchurrrón de tomate y todas las protecciones para ir en bicicleta que una madre primeriza pudo encontrar en Decathlon. Mis patos le odiaban, desde que él llegó este se había convertido en mi mayor entretenimiento y las cortezas de pan se habían acabado para todos.

Bien las hubiera cambiado por palomitas ante el intento de esa madre por enseñar a montar en bicicleta a ese pequeño desarmado. Las primeras semanas fue con ruedines hasta que un día su madre creyó que estaba preparado para ir sin ellos. Resultado: sangre en las rodillas y dos puntos en la parte inferior de la barbilla. Ahí vino mi duda, lejos de preguntarme si estaría bien o no, pensé: ¿y ahora qué?, ¿le ponemos los ruedines porque se haya caído una vez?, ¿supondría esto un retroceso en su aprendizaje?

Algo así me espetaba a mí misma en mis reflexiones sobre el procedimiento de investidura a la espera de aquel niño reuniera el valor suficiente y volviera a entretener mis tardes. Lo que os decía: ¿porque algo falle una vez hay que cambiarlo? El procedimiento de investidura del Presidente del Gobierno falló durante 300 días, eso o fueron los políticos quienes no estuvieron a la altura. Lo cierto es que el procedimiento en sí contiene un elemento de bloqueo. Este se materializa en la capacidad que tienen los partidos políticos para no presentar una candidatura al tiempo que dicen "no, no y no" al resto de candidatos a su antojo. Es así como dicho elemento de bloqueo le da la facultad a los partidos políticos para bloquear la situación de forma indefinida con todos los riesgos indirectos que esto supone para nuestra ciudadanía, legislación y economía. Hay quienes creen en el modelo vasco como milagrito de Calcuta. Este, por mayoría simple, asegura siempre un gobierno evitando así la repetición de elecciones pues se hace una votación conjunta de todos los candidatos pudiendo votar solo "sí" o "abstención", entendiendo que cuando dices "sí" a uno de ellos de forma implícita estás diciendo "no" al resto. Ahora bien, este sistema nos aseguraría una investidura exitosa pero no una verdadera funcionalidad pues dada la situación multipartidista que vivimos se necesitaría de pactos tras la investidura para aprobar leyes como por ejemplo los Presupuestos Generales del Estado que requiere de mayoría absoluta.

La realidad es que nuestros políticos no tienen una tradición de diálogo, no saben y algunos ni siquiera quieren, pero el multipartidismo ya asentado les obliga a pactar. Y es nuestro procedimiento de investidura el que al necesitar la aceptación representativa de la cámara fomenta el diálogo. Esto sería fácil, a mayor poder de rechazo mayor poder de negociación de tal forma que el PSOE -si hubiese tenido más luces y menos presión- podría haberse abstenido a cambio de incluir una serie de concesiones de su programa en un acuerdo de investidura. De esta forma nuestro modelo obliga a sentarse a los partidos a hablar también con el contrario incentivando los pactos. ¿Cambiarlo entonces supondría un retroceso en ese aprendizaje de diálogo? Probablemente sería como volver a ponerle los ruedines al niño.

Si los partidos optaran por este camino y consiguiesen ponerse de acuerdo tendríamos funcionalidad. Aunque no tendríamos garantizada una gobernabilidad, pues sea como fuere este procedimiento contiene un riesgo: el elemento de bloqueo y es que si algo falla una vez es factible de que lo haga una, dos y tres. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Nos matamos?

 

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