Columnismo

La increíble línea de la estupidez

02.10.2017 3 minutos

No he podido evitar reírme de las tantas veces en las que se hizo referencia a la democracia en el día de ayer.  La democracia defiende la soberanía del pueblo y el derecho a decidir y participar de los ciudadanos en la vida política de un Estado. Es estar de acuerdo y cumplir una serie de normas y leyes enmarcadas en un Estado de Derecho que regulan la convivencia de todo un país. Pero la democracia es también aceptar un NO como respuesta. Lo que se ha vivido el 1 de octubre de 2017 en España es algo insólito y lamentable.

Y esto se puede ver de dos maneras: como un acto ilegal e inconstitucional como el referéndum sacado de la manga de Puigdemont, o como una falta de diálogo y comprensión por parte del Gobierno que ha provocado este bochornoso día.  Yo prefiero verlo de la primera forma que, de hecho, es donde radica verdaderamente el grueso del debate.

He de reconocer que el señor Puigdemont es un estratega. Tiene una  aptitud colosal para moldear la opinión de las personas y ha jugado sus cartas. Desde un principio, no ha habido ni un solo día en los que no se hablase sobre la independencia de CataluÑa. Si a eso le añadimos que tenemos un gobierno incompetente y unos partidos políticos que cojean de la misma pata, el sentimiento independentista se caldea y la masa se agranda.  Y con esta baraja ha llegado apelando a la “democracia” y al derecho a decidir de todos los catalanes.

El debate pierde sentido cuando para hacer un referéndum se necesita de una aprobación por mayoría absoluta del Congreso de los Diputados, que una ley orgánica regule las condiciones y que sea convocado por el Rey. A eso sumemos que tras el cierre de algunos colegios y del censo, el Govern plantee una opción B: se puede votar en cualquier colegio o espacio público que estuviera abierto para el voto y las veces que se quiera. ¿Dónde se encuentra la lógica? Así vimos como, sin la correcta identificación del votante, los ciudadanos introducían sus votos en mitad de la carretera. Todo un ejemplo de democracia.

Pero aun sabiendo a lo que se sometía, ha conseguido su objetivo. Al margen de hablar del delito que estaba cometiendo, ha logrado que en las calles y en los medios se vea la imagen de un pueblo oprimido por un estado, atención, ¡fascista! También por un despliegue policial que únicamente acataba las órdenes del Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo de Justicia Catalán, en su sentido más democrático, para evitar un delito. Pero claro, poner barricadas, excavadoras (con esto ya lo he visto todo) en mitad de las calles para dificultar el paso, oponerse a las autoridades y poner en peligro la integridad de niños pata defender una votación ilegal, sí está bien visto.

Sigo incrédulo como la movilización de una masa ha llegado hasta tales extremos, con casi 500 heridos,  por defender algo ilegal e inconstitucional argumentando que eso sería la democracia. Su democracia. Pero aun más anonadado me quedo con los cánticos franquistas del lado opuesto para defender la unidad de España. Encabezamos la lista de los idiotas y generadores de odio. Y se está abriendo una brecha en una sociedad que va a tardar años en soldarse.

Unos echan la culpa al Gobierno y el resto de partidos políticos siguen echándose reproches en vez de buscar soluciones todos juntos. Lo hecho, hecho está, y quizás se pueda estar más o menos de acuerdo en que se podía haber dialogado  o haber llegado a un acuerdo. Pero eso no es excusa para ir en contra de los principios constitucionales.

Para colmo, Puigdemont, Junqueras y compañía, siguen riéndose de nosotros. Dicen que se han ganado el derecho y la independencia. Y Puigdemont remata manifestando que proclamará en el Parlament la declaración unilateral de la independencia de CataluÑa. Con dos cojones.  ¡Esto sí que es democracia!

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