ESPECIAL: 1-O en Cataluña

Cataluña, el mayor lapsus de Rajoy

01.10.2017 @dpelagu 5 minutos

No estoy descubriendo la rueda si digo que vivimos tiempos de polarización política. La derecha independentista y la derecha unionista -desde sus respectivas presidencias- han lanzado a la calle a las gentes, se han descubierto populistas para pedir a la prole que tomen las calles y disputen sus guerras. En las manos, banderas; en las gargantas, cánticos; en las mentes, espejos; y serás de los buenos o de los malos según la bandera o cántico que promuevas. Es pura psicología ver cómo el grupo anula la discrepancia, cómo la autocensura de la espiral de silencio te hace perdonar a tu bando cualquier cosa y ver, como Sartre, el infierno en los otros ("Nuestra manifestación es pacífica, la suya es puro fascismo").

¿Equidistancia? No.

Creo firmemente en una Cataluña dentro de España, en que este referéndum no tiene sustento legal alguno, en que si la democracia sólo fuera votar, todos los años aumentaríamos el gasto social y bajaríamos los impuestos. Decía Jorge Bustos que "soy de los que desea vivir en una democracia gris, aburrida y previsible, que de la diversión ya me ocupo yo en mi vida privada". A todos nos gusta ser jóvenes y revolucionarios, gritar unas palabras en grupo, desfogar individualidades en una causa común, pero yo para eso ya tengo los partidos de mi equipo de baloncesto en el Martín Carpena. Sacar esa emoción colectiva fuera del deporte para, qué sé yo, tomar colegios electorales puño en alto o cantar el "Cara al sol" por las calles, ya es puro vicio.

Mariano Rajoy y el gobierno central, pese a tener la razón, han cometido torpezas tan graves que han hecho indepe a casi la mitad de Cataluña. No es una exageración: ya le recordaba Jordi Évole que al inicio de su mandato había sólo 14 diputados independentistas, por los 72 que ocupan los escaños hoy. No pretendo quitar culpa a la Generalitat, pero es que intelectuales, editoriales y columnistas varios nos han querido dar la impresión de que Rajoy lo está clavando, cerrando filas en torno a su actuación con vivas al estado de Derecho, la legalidad constitucional y la "respuesta proporcional". Creo obligado hacer una revisión crítica del planteamiento de Rajoy, incluso aunque sea el jefe "de tu bando".

Álvaro Lario, en su Dibujo para Cataluña, ya planteaba el principal de esos errores de la estrategia pepera: se ha enfrentado a la Cataluña independentista con el resto de España. Ha sido Mariano Rajoy el que se ha autoproclamado máximo enemigo del procés, y no Inés Arrimadas; han sido Madrid, Zamora, Málaga, Valladolid, los que más se han levantado por la unión, y no la otra mitad de Barcelona; ha sido, en definitiva, la rojigualda la que se ha contrapuesta a la estelada, y no la senyera.

Esto sirve, tal y como se ha producido, para alentar a las mesas y ganar votos en la meseta, pero también para comprar la retórica secesionista, en la que se sostiene Cataluña como entidad política autónoma e independiente y enfrentada a otra entidad política autónoma e independiente, es decir, España. Es esa idea del matrimonio en la que uno de los dos pide el divorcio es en la que cabe el símil de la España catalanófoba maltratadora ("te odio porque no quiero que dejes de ser mía") y el del yugo de uno sobre otro. También es este el planteamiento de aquellos que dicen que "Si queremos votar, votemos, pero toda España". Es ahí donde estamos aceptando nuestro papel de cónyuge al que acaban pedir el divorcio, que se agarra a la última posibilidad de decir que dos no se divorcian si uno no quiere. Pero es que Cataluña no es una entidad con equivalente legitimidad al conjunto de España, al igual que tampoco es un monolito independentista, como plantea la retórica que unos y otros han comprado de Cataluña versus España.

Cataluña no es una voz única clamando por la independencia: es una región históricamente compleja con una cultura e idiomas propios, que han fomentado un sentimiento de catalanismo mayoritario, que no secesionismo. Esta situación es eminentemente positiva, dado que se enriquece cultural y conceptualmente un país que demasiadas veces ha olido a rancio y cerrado. Dentro de ese catalanismo fundamentalmente moderado, siempre ha existido un porcentaje independentista, pero no necesariamente mayoritario. Las acusaciones de la inexistente hispanofobia, las campañas contra la enseñanza en catalán o contra el Estatut pueden ganarte apoyos fuera de Cataluña, pero ponen en bandeja la conquista por parte del independentismo del resto del catalanismo. En la dialéctica España versus Cataluña, ¿dónde creen que se posicionarán los catalanistas, independentistas o no? ¿Cómo no se van a radicalizar los tradicionales convergentes, si parece que la única alternativa que se plantea es la de Rajoy?

El independentismo ha secuestrado la totalidad de Cataluña, pero el gobierno central lo ha facilitado queriendo ponerse en primera línea de batalla. La verdadera guerra del independentismo no es contra España, que siempre habrán ganado en Cataluña, sino contra la otra mitad de Cataluña que no desea la independencia. El mayor lapsus de Rajoy ha sido querer ganar protagonismo (algo que no le es habitual) y actuar ejemplarmente. El conflicto catalán podría haber caído por su propio peso si se hubiera empoderado con suficiencia a un actor clave: los catalanes, orgullosos de su cultura e idioma, que no quieren la independencia. Frente a la realidad de dos Cataluñas enfrentadas, Madrid ha querido su protagonismo. El resultado ha sido la radicalización del catalanismo y la victoria del relato independentista.

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