Columnismo

La juventud y otras columnas

El fin de una era

13.11.2016 @dpelagu 3 minutos
No sé si se habrá enterado el respetable de que han escogido presidente en los lejanos Estados Unidos de América. Un presidente de los que marcarán época. En la mejor introducción infantil posible a la historia global, "Pequeña historia del mundo" de Fernando García de Cortázar, cada época era contada por un sabio contemporáneo de la misma a un niño curioso que bien podría ser yo o usted. Stefan Zweig era el encargado de contar el s. XX, 'el siglo del miedo' y le ponía Córtazar las siguientes palabras en su boca:

Si busco una palabra para describir el mundo de antes de 1914, esa palabra es seguridad. En la época en la que crecí y me crié, todo en Europa parecía firme y estable. Y los Estados y los Parlamentos parecían la garantía suprema de esa seguridad. Aquel mundo, sin embargo, murió.

Y si el sabio del s.XXI -qué sé yo, ¿Bob Dylan?- cuenta algún día a ese niño eterno qué ocurrió en nuestra era, bien pudiera contar algo similar. Hemos vivido bajo la fría racionalidad del establishment mucho tiempo, conscientes de que el sistema va solo, bajo la seguridad, todo parece firme y estable, los Estados y Parlamentos son la garantía suprema de la seguridad. Escribía Santiago Roncagliolo que en nuestra era el sexo ya es la última lucha épica, que entiendo yo que se refiere a que es el último resquicio en el que poder vivir de emociones. Si tiene razón, el epicismo más habitual en nuestra era es del conflicto con uno mismo, la masturbación. Es sabido que en tiempos de guerra el porcentaje de suicidios desciende notablemente.

Hay indicios para pensar en el fin de una era. Presentaba ayer Manuel Arias su libro "Democracia sentimental". Viene a decir algo así como que Trump, o a Le Pen, o a Podemos, o a cualquier otro outsider, no se le vota con la cabeza, se le vota con el corazón y las entrañas. Vuelve el epicismo, las emociones, al orden mundial. Pudiera pensarse que en la posmodernidad no ha acabado con la guerra, no, pero al menos había enseñado a disimularla. Ese disimulo ya agoniza y la batalla de Mosul se retransmite en semidirecto, cual Vietnam. De tanta anestesia, Occidente ya vuelve a necesitar sentir algo, aunque sea dolor. Recordaba en la presentación Manuel Arias a ciertos intelectuales que, antes de la Primera Guerra Mundial, estaban deseando que esta estallase, así al menos sucedía algo, se acababa ese mundo de cristal y funcionario que definía el Zweig de Cortázar.


Es el enemigo tan malo, tan inmatizable, tan injustificable, que sentimos entusiasmo en su derrota, deseamos su aniquilación, hasta el punto de hacer un ataque directo a una ciudad con millón y medio de habitantes con más anuncio que la segunda venida de Cristo. Y vuelve el fenómeno de jóvenes que se van a la guerra a combatir El Mal, y asemeja a aquellos mozuelos imperialistas que no habían vivido el horror, el horror de Conrad, sino que iban al infinito frente de la Primera Guerra Mundial, alegremente saludando a sus familias mientras tomaban el tren a las trincheras: "¡Para Navidades estaremos de vuelta!" 

Para Navidades, no sólo estarán de vuelta, sino que el mundo ya habrá cambiado.
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