Columnismo

La juventud y otras columnas

El Palustre semicentenario

25.09.2016 @dpelagu 3 minutos

Permítanme que hoy reme para casa. No es que sea yo un devoto de lo mío, pero sí que puedo asegurarles que, al menos en este caso, lo mío es extraordinario.

En el año 1967, mis Beatles sacaban el Sgt. Pepper's, el mejor álbum de la historia, y cantaban All you need is love en ondas planetarias; era el verano del amor, el preámbulo a una época fascinante, mayo del '68 y Woodstock incluidos. Pero yo no estaba ahí. Yo estaba en los hermanos Peláez Santiago, Demófilo y Manuel, sin olvidarme de Antonio, niños de la posguerra y hombres de la Transición. Yo no tengo ni idea si ellos eran conscientes de tal revolución cultural, mas sospecho que no. Ellos estaban a lo suyo, que era el ladrillo, la espátula, el cemento y el palustre. "Si cien veces naciera, cien veces volvería a ser albañil", solía decir mi abuelo. En ese verano del Amor de 1967, se fundó la peña El Palustre y se celebró el primer concurso de albañilería.

Hoy se celebra el quincuagésimo concurso de albañería "Peña El Palustre", el mejor de España, el primero que se ha gestado sin su presencia. Durante muchos años, el evento ha sido para mí algo bastante familiar, que daba por hecho, nada fuera de lo común, nada con demasiada trascendencia. Iba a la calle enfrente de la peña, cerca de mi casa, a eso del mediodía. Los niños cogíamos palos para demoler las distintas figuras que se habían construido una vez calificados y yo no me preocupaba demasiado en la construcción en sí. Mi padre, mi abuelo, mi tío abuelo y otros señores que yo entonces no conocía -ahora sí, y tengo el gusto de disfrutar conversaciones con Paco Ortega, el último dandy de la arquitectura española, entre otros amigos de mi familia- se paseaban entre las distintas creaciones, hablaban cosas de mayores y luego nos daban el OK para empezar la ansiada demolición.

Miro con perspectiva aquellos momentos y, aún sin ser santo de mi devoción el oficio de la albañilería, siento admiración, orgullo, por lo que aquellos hombres fueron capaces de hacer. Sé que tengo su sangre por mis venas cuando leo en sus memorias cuanto le afectaban las críticas a la obra en c/Puerta del Mar que le dio celebridad, cuando soy consciente del paso adelante que hubo de dar para llegar a establecerse. Su pasión era la albañilería, no el periodismo, ni el cine, ni nada de eso, aunque tuviera un proyector de películas y un álbum de recortes de prensa -era suscriptor del SUR y en su casa aprendí a leer el periódico cada domingo- o compartiese una gran relación con Paco Fadón, insigne periodista y abuelo de mi compañero en este barco Juan Romera. Quiero repetirme que seguro vería algo de su espíritu emprendedor en mí, o en esta aventura reversista que me ocupa. Recuerdo que, cuando pusieron sobre el féretro de mi abuelo la bandera de la peña, yo pensé si en el día de mi muerte harían lo propio con una bandera de El Reverso, en una alucinación algo trasnochada. En ambos primó la llamada a la aventura.

En ese siglo XX, cambalache, problemático y febril, dice el tango, surgió de la nada un palustre, hoy semicentenario y desde hace tiempo icónico, que nos recuerda, canta Carlos Gardel, que un soplo es la vida y que veinte años no es nada.

Y tampoco cincuenta.

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