Columnismo

La juventud y otras columnas

El Papa de Sorrentino

04.12.2016 @dpelagu 2 minutos

Hay pocos sonidos más reconfortantes para una persona decente que el de la introducción de la HBO. Suena un coro celestial, como aviso de que el contenido que está usted a punto de ver es semidivino. En su último estreno, esta característica es de lo más literal. Paolo Sorrentino -no se puede ser más italiano- ha creado una historia sobre un Papa cuya mayor característica a primera vista es que es tremendamente joven para su puesto: no en vano es interpretado por Jude Law. No sólo es que fume o tome Coca-Cola. El primer capítulo te deja descolocado e incapaz de entender qué ha pasado exactamente. El director juega continuamente a colocar situaciones inverosímiles que luego desmiente.

A grandes rasgos, la serie se divide en dos mundos. Uno es real y el otro no. El real es un retrato de la vida privada vaticana, que resulta -cuanto menos- esperpéntica. Cardenales que fuman, cardenales que tiene pensamientos impuros, monjas que juegan al fútbol, cardenales que se vacunan en el culo. Todo ello existe en la vida real, indudablemente, pero está tan escondido que resulta siempre gratificante de ver, aunque sea ficción. En este ecosistema, se presenta el elemento desastibilizador, el segundo mundo: Pío XIII. Prácticamente, revelar cualquier detalle de su personalidad supone un spoiler mucho mayor que el relato de cualquier escena, porque Sorrentino no está contando escenas, sino personas. No está narrando, sino describiendo. Sólo digamos que su nombre anterior era Lenny, que es americano y que es un ser tremendamente misterioso. Es lo más parecido a que Don Draper llegue a Papa que podrán ver. Una idea ronda todo el metraje de la entrega inicial: ¿qué hace un chico como tú en un sitio como este? Una fantasía deliciosa.

En la escena final del primer capítulo, el Papa le dice al confesor del Vaticano que no cree en Dios. Este entra en pánico. Rápidamente le tranquiliza: sólo era una broma. El confesor no puede creerlo. Le mira como diciendo: "Este es el Papa más raro que hemos tenido nunca". Y eso a mí me gusta.

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