Columnismo

La juventud y otras columnas

El Rey que quiso ser multitud

15.05.2016 @dpelagu 2 minutos

Dicen que el Rey fue a un bar de carretera a comer. Que fue un menú del día, once euros, por patatas con conejo, ensalada y carne. De postre, la posibilidad de sentirse normal, un bizcocho y un plátano. Dicen que nuestro Felipe -mi profesor de matemáticas, el franquista, le bautizó como Felipito VI "el Breve"- jugó a disfrazarse de cortesano entre la parroquia del "Puerta de Extremadura".  Como aquel emperador romano que se infiltraba entre sus súbditos para saber qué opinaban de él, como aquel otro monarca cuyo fetichismo le vestía de paisano cada noche para visitar los lupanares de la capital y más allá. Allá cada cual con su vicio: la opinión ajena o el placer carnal hecho trueque.

¿Qué degeneración mueve a Felipito VI, el al-final-no-tan-Breve, a disfrazarse para comer en la venta de las afueras del pueblo? Creo que no es culpa ni de las patatas con conejo, ni de la ensalada, ni de la carne. Sospecho que Felipe quiere ser normal. Poder parar a comer en un restaurante de carretera en mitad de un largo viaje. Tener la sangre roja, y no azul. Si bien el rico de Segismundo soñaba en su riqueza, y el pobre en su padecimiento, el humano posmoderno sueña, única y exclusivamente, en ser cualquiera otra cosa menos lo que realmente es. Porque ser monarca está bien, pero no de continuo, que diría José Mota. "Que no es que no quiera ser Rey, pero si voy a la ferretería a pedir 100 gramos de alcayatas, estoy más en las alcayatas que en el ser Rey", me imagino diciendo a un Felipe cruzyrayesco. Y el soberano tenía hambre, y estaba más en el hambre que en el reinar.

Se cumplen 5 años del 15-M y uno sospecha, porque estas líneas son de mucho intuir y poco saber, que al igual que el Rey cree querer ser multitud, la multitud cree querer reinar. Y vivimos, hace un lustro, el máximo exponente de la marabunta, la nada, individuos unidos renegando de su personalidad, para formar un colectivo mayor, en su necesidad de ser determinante y relevante. Algo ciertamente emocionante, lo admito. Algo que no ocurre todos los días. Como que el Rey se pare a comer el menú del día de un bar de carretera.

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