Columnismo

La juventud y otras columnas

Los niños de la revolución

24.04.2016 @dpelagu 2 minutos

Valladolid, 20 de abril de 2016. Guillermo Garabito y Juan Soto Ivars se juntan para gritarle vivas a la revolución disfrazados de cronistas parlamentarios y los señores del público, académicos "con canas hasta en los mismísimos", que diría Jesús Nieto, vuelcan toda su ira reaccionaria, trentista y cómo no, españolísima. “Me niego a pensar que esto es el periodismo parlamentario. El periodista está en la obligación de hacer un buen uso de su papel. No me extraña que los ciudadanos huyan de este tipo de crónica." Los niños de la revolución ríen ante ello. Ya me habían ganado.

Estudiar Periodismo es algo un tanto absurdo. Se crea una ciencia dónde sólo hay técnica. Y más allá de la técnica, encontrarás dragones, sólo genialidad, ego y excentricidades. Os lo juro que hubo un compañero de carrera que me dijo que el columnismo era para mayores de 60 años, cuando ya te has cultivado lo suficiente en todo el embrollo del periodismo aséptico. Pero Larra fundó el género antes de matarse con 27 años -cuando aún no estaba de moda-, Umbral no terminó ni la Primaria y usted -¡demonios, compañero!- es demasiado joven para ser tan viejo. Que sea el periódico el procedente de la literatura y no al revés parece un concepto demasiado escurridizo para los señores académicos y sus secuaces generales.

Volvamos al otro día en Fachadolid. Soto Ivars se vigoriza el flequillo y cuenta cómo se inventó la muerte de Artur Mas para hacer una crónica parlamentaria interesante. Garabito se ajusta la corbata mientras expresa su preferencia por su propio teatro literario inventado sobre el de los políticos. Los catedráticos de la UVa no aguantan la revolución. Es odioso pensar que has estado todo tu tiempo creando teorías platónicas para que al final llegue el Nietzche de turno a proclamar la muerte de Dios y la larga vida al superhombre-niño. Nihilistamente cínicos, jugando con lo otrora sagrado.

Al final, los columnistas somos un fraude, bien lo dijo Emilia Landaluce. Sólo niños jugando y riéndose de todo, expandiendo los límites de la nada. Jugando, jugando, por las calles nocturnas de Valladolid, uno se lleva el aparecer en una columna de Colmenero -sin negritas, ya que a fin de cuentas somos nadie- y el aprender que los boquinazos no sólo se producen en Cortes. Y que el Nuevo Periodismo era esto.

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