Columnismo

La juventud y otras columnas

Madurar

18.12.2016 @dpelagu 2 minutos

Pensar en madurar es pensar en pensar, madurar al pensar o qué sé yo, que no hago ninguna de las dos. Creo que era Arcadi Espada el que escribió que uno no era nadie hasta que le gritaran fascista, aunque tuvieran razón, y quizá uno no es nadie hasta que alguien le llame inmaduro, aunque como razón no exista. Para una persona dogmática, madurar es parecerse más a ella. Para Pablo Picasso, madurar fue volver a ser niño. La madurez es más relativa que el tiempo y menos que la estupidez humana. Pablo Merino hacía un llamamiento a la madurez postcipotuda de El Reverso y para mí que lo único ciertamente maduro que ha pasado este proyecto han sido los higos que come mi colega Suvires.

No se vayan a creer, la crisis es el estado natural de todas las cosas y más aún si esas cosas se escriben en un periódico. Vivo, ergo fluyo, maduro. Fluyo yo y fluye Podemos, que decidirá si de mayor quiere tener coleta o gafas. Fluye mejor que nadie Kase.O cantando a su basureta entre lágrimas de estudio. Fluir es soltarse el pelo, quizá, y fluye Ignacio Escolar que, eh, ahora va de periodista responsable y tal, pero resulta que tenía un grupo de musica noventera con nombre de satélite del tiempo atmosférico. Supongo que podrá contarlo a sus ojipláticos hijos con la parsimonia de Homer hablando de Los Solfamidas o la nostalgia de Pierce Brosnan introduciéndose a sí mismo en un flashback con melena y pop sueco en Mamma Mia.

Todos maduran, pero porque son perdedores, y de izquierdas, disculpen la redundancia. Los ganadores de verdad, los que dominan el mundo, no tienen que madurar: el ciudadano Kane, el papa Pío XIII de Sorrentino y Donald Trump son la misma persona, todos con su Rosebud. Si domas el mundo, no tienes que domarte a ti mismo. Quizá eso pensaron los EEUU cuando lanzaron una bomba atómica en Hiroshima. Cuenta John Hersey en su espeluznante obra maestra del periodismo "Hiroshima" que los japoneses no tenían ni idea de qué les ocurría, no sabían si les habían rociado con gasolina y habían lanzado una cerilla, si habían cortocircuitado con magnesio la red eléctrica de toda la ciudad, si había caído un meteorito o si habían soltado al puto Godzilla. Una incertidumbre similar a la de un humilde trabajador en labores al que llaman, de buenas a primeras, cara anchoa. Lo que hay que vivir, pensaría el repartidor. Y los japoneses.

Lo que hay que vivir, lo que hay que madurar. No saber qué hacer con la vida será sintoma de madurez. O no, que diría Rajoy.

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