Columnismo

La juventud y otras columnas

Mi parroquia es un gimnasio Pokémon

24.07.2016 @dpelagu 3 minutos

No es que sea yo un hombre de buena fe, ni de fe a secas, ni nada por el estilo, pero reconozco -casi con cierto orgullo- que fui educado por los jesuitas, como el autor de El Quijote, el de El discurso del método, el de El Principito, el de las Nanas de la cebolla, en el mismo colegio que el de La España invertebrada. No es cuestión de credo, sino de calidad educativa. Tal educación y la localización geográfica han hecho que adquiera aunque sea un mínimo de sentimiento de pertenencia a la que un día fue mi parroquia más cercana y hoy es mi gimnasio Pokémon más cercano. Y me insiste Jesús Nieto -que gusta de verse a sí mismo como el Quevedo de mi Góngora-, que si la caraja, la progresía y el buenismo jesuítico, quizá olvidando que hasta el mismísimo genio de El Buscón, anteojos e ingenio por delante, entre-el-clavel-blanco-y-la-rosa-roja-su-majestad-es-coja, mamó de la teta ignaciana.El mundo masculino se dividía, hasta hace bien poco, entre los que decían sólo mamar de la teta ignaciana o sus derivados y los que buscaban, sin complejos, otro tipo de tetas. Ricardo F. Colmenero cuenta en su columna de El Mundo cómo ya la muchachada, otrora pajillera, deja de buscar el ligue en topless en la playa para buscar Magikarps salvajes que anden sueltos. No contenta la ola de osados entrenadores Pokémon con vencer el interés por la teta palpable por los sentidos, incluso se están produciendo ataques contra la metafórica teta ignaciana-cristiana, palpable por otros medios, supongo.Escribía Javier Guzmán en El País "Profanación en nombre de los Pokémon", titular que podía llevar a pensar en feligreses ancianos enfadados con los hippies -¿nos siguen llamando así o es sólo en las pelis?- que buscan Pokémon en sus lugares sagrados. Para nada. El padre Ángel, párroco de Chueca de setenta y nueve años, afirma en el reportaje que la dichosa app es algo extraordinario en lo que todos tenemos que participar, que hace a la gente sentirse más acompañada, que se alegrará cuando un intrépido entrenador Pokémon pase por allí y aprovechará para enseñarle los supuestos restos mortales de San Valentín, que yacen en la capital del amor LGBT.Total, importa más el cebo que el contenido en sí. La religión, la espiritualidad, el encuentro con la interioridad, el verdadero contenido de cualquier religión o similar, siempre ha sido el mismo. Lo que ha cambiado, o más bien no ha cambiado -provocando una espectacular caída de los fieles a nivel global-, ha sido el cebo. No se debe despreciar el cebo. "Yo no creería más que en un dios que supiese bailar" decía Nietzsche en Así habló Zaratustra, "si no puedo bailar, tu revolución no me interesa" afirmaba Emma Goldman, y así tenemos a dos peces con objetivos bien distintos -¿opuestos?- cazados por el mismo cebo. El cebo de la religión, el escaparate de esa espiritualidad, ya no puede ser la superstición o la pertenencia a una cultura común, aunque tampoco parece muy sostenible que lo sea la caza de Pokémon.¡Tanta insistencia de Karl Rahner en que el cristiano del veintiuno será místico o no será, para que al final lo más místico que aparezca en mi parroquia sea un Alakazan con 237 puntos de combate! Problemas del primer mundo, supongo.

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