Columnismo

La juventud y otras columnas

Paul McCartney

05.06.2016 @dpelagu 3 minutos

William Campbell salta al escenario del Estadio Vicente Calderón. Unas 40.000 personas le aclaman como si fuera Paul McCartney. William está acostumbrado: lleva haciéndose pasar por él desde la muerte del beatle, allá por los años sesenta. Dicen que en una vida da tiempo a morir y renacer varias veces. McCartney es la prueba viva -o no- de ello.

El One on One Tour reniega, en gran parte, de la estética de los '60. Mientras que durante los minutos de espera al inicio del concierto, las pantallas usan y abusan las imágenes de los Beatles, los años '60 y todo lo que supusieron, durante el espectáculo en sí mismo, Paul sólo saca imágenes de la época en dos ocasiones: de la beatlemanía en "Can't buy me love" y de George Harrison, con él, en "Something". Mientras toca "Here today", compuesta para Lennon tras su muerte, las pantallas del escenario muestran una cascada. Sin noticias de John. Frente a las bandas-tributo que tratan de copiar todo lo que fueron los Beatles, se visten y peinan como las cuatro melenudos ingleses, primero, la banda de corazones solitarios del Sargento Pimienta, después, y los cuatro egos unidos por el pasado, al final, McCartney no tiene ningún miedo en disfrazarse de normalidad, de vaqueros y camisa blanca, de compañero de canciones de Rihanna y Kanye West, de amigote de Natalie Portman y Johnny Depp. Quizá es que cuando uno funda algo corre el riesgo de convertirse en la versión estándar de aquello, o quizá McCartney está deseando que se le confunda con la masa de lo que está de moda, genéricamente, en el siglo XXI.

Sí, Paul McCartney lo intenta. Le encantaría que pensemos que es William Campbell, Wings, The Fireman, Percy Thrillington, lo que sea, en definitiva, sólo una pequeña parte de la masa musical latente en cada momento. Pero a veces se le escapa seguir siendo el Paul McCartney burlón, algo iconoclasta, de los '60, se le escapa seguir un niño beatle, por sentido del humor, por garganta y por sonido en directo. Paul McCartney no quiere parecer un beatle, pero sí que suena como uno. Como recién sacado del disco. La voz no engaña.

A fin de cuentas, todo aquello de la estética visual no es más que mera frivolidad cuando abres los oídos y Paul canta lo que ha venido a cantar. La posibilidad de escuchar, con esa voz, con esa perfección técnica instrumental, pedacitos en forma de canción de algunos de los mejores elepés de la historia es algo impagable. Paul se inventa parte de la letra de "Save us", dedica canciones a su cónyuge de la era dorada, John, su cónyuge de casi toda la vida, Linda, y su cónyuge de la actualidad, Nancy. El público elige cantar la voz principal de Paul frente a la de John en "I've got a feeling", pero luego prefiere los coros -oooooh lalalala- en "You won't see me" y los ecos inonomatopeyizables de los Beach Boys en "Back in the USSR", el público se deja llevar y siente que ese Dios del escenario puede arreglarlo todo, que la paz en el mundo depende de que se escuche "We can work it out" lo suficiente, el público se inventa -si no lo tiene ya- un enamoramiento, quizá incluso una vida, con tal de sentir en plenitud "Here, there and everywhere". Todo está perfectamente calculado para lograr el extásis con los temas finales. El público llega al orgasmo al son de Naaaa-na-na-nanananá-nanananá, hey Jude.

En el Vicente Calderón, intentó saltar a la palestra William Campbell, por llamarlo de algún modo, y acabó apareciendo, como siempre, casi por requerimiento popular, Paul McCartney. Posiblemente, lo mejor que se puede ver y, sobre todo, escuchar en directo en la actualidad.

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