Columnismo

La juventud y otras columnas

Pike

10.04.2016 @dpelagu 3 minutos

Por todos es sabido que el perro es el mejor amigo del hombre, pero poco se habla de que el gato es el mejor amigo del etéreo. Amistad sería la palabra correcta si es que se pudiera establecer una relación de igual a igual con el que fuera otrora emperador, otrora Dios. Quizá ese pasado es el que hace que el etéreo se aferre al barrendero de las calles que solía poseer, en una maniobra tan mutilada como cabría esperar de su sublimidad.

Tuve un gato que se llamaba Pike. Si no fuera porque nacimos en distintas especies, en distintas dimensiones quizá incluso, hubiera jurado que era mi hijo, mi hermano o mi padre. Lo parí y crié con el esfuerzo y mimo que requieren los últimos emperadores. Le acaricié cuando ni podía enterarse de que ocurría a su alrededor, lo lloré cuando un resfriado colocaba su inestable vida al borde de la navaja y lo dormí cada noche al son de las "Nanas de la cebolla". Al octavo mes ya reía con cinco azahares, con cinco diminutas ferocidades, con cinco dientes como cinco jazmines adolescentes. Apenas podía esperar a que llegase a una edad, pero supuse que sólo debíamos tener paciencia.

Conforme Pike crecía, y mi amor por él también, crecía mi propia vida y yo dentro de ella. Y llegó para este hombre joven la adolescencia, con sus cambios hormonales y demás bazofia arruinamatrimonios. Resultó que, pese a que nunca había tenido ningún déficit al respecto, se me descubrió una terrible alergia cada vez más patente hacia la brillante y atmosférica crin de mi compañero. El gato me buscaba con la ansia y el ímpetu del amante veronés, dispuesto a todo por un segundo a mi lado. Conforme más le acariciaba y satisfacía sus deseos, más hinchados quedaban mis ojos y más lloraba.

Atmosféricamente inestable, la alopecia de un Pike cada vez más entrado en edad impedía que mantuviésemos ni lo más ínfimo de nuestra relación. El minino, ante el continuo vacío que le ofrecía mi presencia, o ausencia de ella, trató de vivir sin más. En un momento dado, simplemente se olvidó de mí, su único familiar en el mundo. Olvidó a quién no mucho tiempo atrás no podía tener a un radio mayor de 50 centímetros y se conformó con la inextendencia.

El día que se iba a matar, Pike se levantó pronto para pasar todo el día a mi lado, tras años sin siquiera reconocerme. Yo, consciente de mi inevitable y terrible alergia, no me podía acercar a aquellos pozos negros que tenía por ojos y que me observaban con la firmeza del suicida. Me estaba rogando que le cuidara cómo antaño hiciese, que le robase la vida y el alma a cambio de un rato en el paraíso de mi placenta. Ante mi negativa en forma de inactividad, el gato, viejo y cansado, a orillas del mar bebióse sorbo a sorbo su pasado, cual Machado en Colliure. Soplaron los vientos del sur y Pike dio dos pasos, decidido, hacia el vacío bajo sus pies. Me observó con una mezcla de tristeza y curiosidad por última vez y traté de excusarme con la mirada en mi alergia.

El gato saltó y perdió cada una de sus siete vidas en cada medio metro de bajada.

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