Columnismo

La muerta navideña noche de Málaga

18.01.2017 @santiago_mruiz 3 minutos

Por la Calle Larios, con la caída noche, sólo queda el recuerdo de sus luces, están ahí, existen ante mis ojos, pero están moribundas, están apagadas, y cuando se las lleven —poco queda—, quedará algo huérfana, hasta que nos acostumbremos, y no estarán hasta la siguiente Navidad. Sólo queda, sólo queda la calle, con los bancos a los lados, no hay música, y la gente a estas horas nocturnas ya no pasea. Sólo hay un par de chicas hablando, sobre uno de aquellos bancos; su conversación es lo único que interrumpe el silencio. Una pareja anda con prisa y las farolas no se mueven. Muestran una luz lastimera para las estrellas. Las personas no pasean. La Calle y las luces apagadas que hay sobre mí me acompañan a lo largo del paseo. Al fondo, ante mis ojos se ve la noria apagada; llaman estos versos:

Gran ojo de ojos tristes y apagados.

Solemne, no musita ante la calma,

callando la sombra de los amados.

Queda mi cuerpo sujeto por mi alma

 

que imagina y sueña con verdes prados

dibujando lágrimas en la palma

que, anclada en la tierra de los chalados,

acaricia los pómulos de un alma

 

enterrada en la nocturna desgracia

de ser sólo si las luces se apagan,

de escuchar los llantos de las estrellas.

 

No sonrías; es un chiste sin gracia

un camino donde las almas vagan

detrás de radiales y tenues huellas.

 

El pensamiento se interrumpe por un tren iluminado que recorre la carretera. Los pasajeros solitarios se rehúyen la mirada. Unos cabizbajos, otros miran sus teléfonos, y aquéllos miran al exterior. Con la mente en blanco o con la mente llena. No sé. El tiempo se había parado. Admiraba el paisanaje. Enfrente, las floristerías están cerradas, no se huele el perfume de las flores expuestas para que se las lleven a alguien, o a algún recuerdo. Las lucecitas verdes de los taxis parpadean. El semáforo se ha puesto verde también. No hay suficientes peatones para el paso, está vacío. Sólo cruza un alma errante que llega a la avenida, y espera. Espera a coger su tren, de tres ruedas por banda y letras luminosas por delante y detrás con su destino fijado, que le lleve a algún lugar, está esperando, mira su reloj de muñeca, a las estrellas del cielo, y espera.

Esta noche, la ciudad está apagada, está solitaria y mal acompañada. Los ojos del centro parecen afligidos allá a lo lejos. Un delirio nocturno es lo que único que pasa. Málaga entre semana. El silencio por bandera en la alameda, la oscuridad en la avenida. El autobús en la parada y las miradas perdidas. Yo ya estoy dentro soñando junto al día, como muchos que se acuestan tarde y se levantan temprano, apenas duermen. Boxean día y noche contra la vida. Pelean sin descanso y cuando salen de trabajar el único reposo es apoyar la cabeza contra el cristal del autobús, y esperar para a llegar a sus hogares. Con sus hijos ya dormidos. No son muchos, pero son demasiados que hacen lo que pueden para ganar el pan y el vino, y están aquí. Los que tienen suerte están viendo jugar al Real Madrid. No quieren hablar, pero este trayecto comparto con ellos, con —llamémoslos— Juan, Pepe, Luis y María, no importa. En este paseo, después de oír a profesionales que ganan bien su vida en un congreso de periodismo, está bien bajar un poco la mirada y ver otra realidad alejada de entrevistas a grandes e ilustres personajes de toda índole. Toca admirar a los que más se merecen el respeto. A los trabajadores.

Etiquetas
Artículo anterior Artículo siguiente
Etiquetas