Columnismo

La pésima literatura de Agustín Fernández Mallo

08.04.2017 @emilioarnao 3 minutos

He vuelto a releer la novela de Agustín Fernández Mallo Nocilla Experience y debo decir que hacía tiempo que no acertaba a abrir los cubos de basura -reciclaje de vidrios- para verter allí tal glíptica escritura. El fenómeno Mallo yo no sé de dónde sale, quizá de una pubertad crítica que todavía se extasía ante una becerrada, tal vez de un moda surgida ante la ausencia de verdaderos escritores jóvenes con talento, incluso genio. Fernández Mallo -licenciado en Físicas- intenta llevar lo molecular a la grandeza del átomo, sin darse cuenta que, aunque toda novela deba pronunciarse desde el lenguaje -como algunos tratamos de hacer- no es menos cierto que ese lenguaje debe derivar hacia el placer y hacia la bella brisa de las historias. En Mallo no hay historias, ni acción, ni belleza convulsa, sólo un sinfín de palabras que no agradecería ni el mismo Breton. Esta posmodernidad novelística lo único que consigue es emponzoñar todavía más la azarosa vida de las últimas letras españolas, por donde aún no se sabe lo que es literatura y lo que deja de serlo. No hay originalidad cuando no hay transformación del pasado. Este nocillero no rompe con nada, sólo consigo mismo, mientras se aproxima a su relación de bisoño en torno a la creatividad. 

Esta moda del “nocillismo”, acuñado por las periodistas Elena Hevia y Nuria Azancot, más el libro de Eloy Fenández Porta, que prefiere llamar a estas jotas aragonesas “Afterpop”, mientras Vicente Luis Mora lo define como “La Luz Nueva” sólo presenta un poperismo como venido de Warhol o de la fragmentación del sencillito collage, algo que es como hacer que los cerdos pongan huevos de avestruz. La interdisciplinaridad, el zapping como género literario, el reciclaje, el poperismo, insisto, ya quedaron vistos para sentencia en el siglo XX, por tanto no sé a qué viene tanta nueva luz y tanta cultura de la numismática ante estos nocilleros que como Jorge Carrión, Javier Fernández, Javier Calvo, Domenico Chiappe, Harkaitz Cano, Germán Sierra y otras liendres de sexo oral sólo escriben para sí mismos y para la incomprensión como arma arrojadiza contra el lector. El nocillismo, después de la Generación X -otra que nace con el tiro en la nuca ya dado- sólo ha traído que descomposición, detritus, cienciología y un sabor a ajo que desoxigenan el verdadero poder de la lengua castellana.

Agustín Fernández Mallo sólo es una inmigración de avutardas al que el tiempo le helará el Ártico de la literatura por culpa del cambio climático de la gratificante literatura que todavía estar por hacer en este ya holocausto literario que es el siglo XXI. Mallo es mejor que se dedique a las fórmulas matemáticas y a la fisicidad del sonido antes que al juntamiento de las palabras, las cuales, según mi parecer, deben pignorar las piltrafas y ejercer como seguros médicos de lo que es la profunda creatividad que no me cabe la menor duda algún año de éstos debe llegar a un país acostumbrado a deslumbrarse por los piensos de los pollos o por una heterodoxia que sólo trae la extremaunción de la contemporaneidad literaria. Mallo escribe como un trotacalles, animado ahora por la injusta fama en la que se ve envuelto. No escribe bien quien corrompe, sino el que rompe. El nocillismo es una corrupción creativa que debe invernar en los tubos de la criogenización. Nada quedará de todo eso, sólo un experimento que, como el wáter de Duchamp sólo permanece como novedad, como pistilo, como broma o como putrefacción. La literatura será emocional o no será. Pero nunca esta frialdad como traída por el champagne oscuro de las neveras.

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