Columnismo

La sonrisa de Solana

06.12.2016 @santiago_mruiz 3 minutos

Al saber que el director artístico del museo Thyssen de Madrid vendría a la sala de columnas «Periodismo y Arte», raudamente, me dispuse a plantear posibles preguntas y a solicitarle una entrevista y de la que nunca obtuve respuesta —algo lógico, desde cierto punto de vista—. Por ello, la noche anterior al día del coloquio había escrito unas posibles preguntas en mi libreta para intentar, llegada la ronda de preguntas, recibir alguna respuesta. Pero mi relación con Pessoa, por suerte o por desgracia, se incrementó; él llegó a Lisboa, yo a la Sociedad Económica de Amigos del País; pero ninguno a una conclusión. Nunca hallamos respuesta.

El señor Solana vestía elegantemente un traje negro y una cara de estreñimiento crónico que llevaría durante toda la charla. Previamente, quien intentó ayudarme a conseguir la entrevista me hubo preguntado si la tuve. Ante mi negativa, bajó los hombros y me dijo: «Creo que está de mal humor», frente a esa respuesta comencé a sospechar de su personalidad —les puedo decir que no erré—. Lo único superior a su enfurruñada cara fue su silencio. Poco más aportó que su presencia. A los días supe que Solana publicó una lista de periodistas «incómodos» en una red social creyendo que era algo privado, viendo, así, un parecido con otro portugués menos docto que Pessoa, Mourinho. La buena noticia fue que no le metió el dedo en el ojo a nadie y la no-conversación fue segura para todos los asistentes, tampoco hubo contagio de antipatía a sus contertulios. De los cuales, Fernando Francés se mostró risueño y agradable mientras que el susodicho se reclinaba sobre su asiento como si estuviera en un sillón, viendo el tiempo pasar y aislado de todo cuanto le rodeaba. Hasta que, por fuerza, hubo de hablar; y en una hora y nueve minutos de mesa redonda sólo pronunció unas pocas frases que no me molestaré en reproducir.

La función de las conferencias que organizó la Fundación Manuel Alcántara era disertar —del latín dissertare que significa discutir o exponer razonadamente— de temas diversos y para ello es necesario que alguien exponga algo. La estancia y el viaje pagado deberían ser suficiente motivación para hablar del tema en cuestión, el arte. Si no, con declinar la oferta era suficiente. Creo. Eso fue lo que no entendió Solana. O que el moderador estuviera en la lista de sus periodistas indeseados —como supe a la semana—. Quizá dejó su conversación para la cena. O no.

La elegancia con la que vino no se vio correspondida con sus modales. Como decía Oscar Wilde «Manners before morals». Así que, la próxima vez podría tratar menos la imagen y más la actitud. No sería extraño decir que después de su efusivo diálogo —y permítanme citar a Larra— «en el Parnaso no lo querrían ni para limpiar las inmundicias del Pegaso, no le darían entrada ni aun para recibir sus bien merecidas coces».

Y allí estaba él, postrado sobre su trono. Y yo tachando de la libreta las posibles preguntas que quería hacer porque, llegado mi turno, respondieron de soslayo, y él, el enjuto señor, a quien iba dirigida la pregunta, no articuló palabra. ¡Pues qué bien! Me dije. Y ya puestos, tengo una sugerencia, la próxima vez que vaya a un simposio podría mandar una foto suya y su plaza estaría cubierta —y también su cometido—.

Liquidado aquello, salió mucho más rápido que cuando entró, y con la misma elegancia, eso sí. Y así fue cómo nadie vio la sonrisa de Solana.

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