Columnismo

La voz a ti debida

Anámnesis de Madrid (II)

12.11.2017 @santiago_mruiz 2 minutos

Ya caía la madrileña tarde en Colón. La Biblioteca Nacional se levantaba amigable con su escultura de Alfonso X y un busto de Antonio Machado. Era aquél un lugar de respeto para la literatura. Un punto de encuentro para la la historia literaria. Un lugar amigo. Poca afluencia había en todo el recinto. El museo se hallaba solo y ajeno al mundo.

Había en él ediciones de algunos libros memorables. Entre ellos florecía Llanto por Ignacio Sánchez Mejías y Elegía: A Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca y Rafael Alberti, respectivamente. También, había ejemplos de revistas tan importantes como Litoral o Revista de Occidente.

El edificio que se encuentra tras la Biblioteca Nacional es el Museo Arqueológico Nacional, una joya. Atestigua la historia de la Península Ibérica. Desde los primeros hombres que la habitaron hasta una planta entera dedicada al legado que la Grecia clásica dejó aquí tan maravillosa como el resto del museo junto. Sólo es parte de toda la exposición justifica pasar un par de horas en el museo admirando todo nuestro pasado.

Hay que mirar atrás muchas veces para comprender la era que vivimos y tenemos ante nosotros. Fenicios, griegos, romanos y cartagineses son la semilla de lo que hoy se conoce como España —o lo que queda de ella—.

Tampoco había mucha gente allí —a pesar de la gratuidad de ambos museos—. No se valora lo que no «vale» nada, o eso parece. Otra hermosura del MAN es la Dama de Elche, que no tenía gusanos ni hormigas. Se la veía contenta en Madrid.

El Museo Arqueológico es un recuerdo vivo en el presente. La constatación de la Historia, lo mismo ocurre con la Biblioteca Nacional. Ambos son hermosos. Ambos son solitarios. Ambos merecen visita. Una visita dispuesta a aprender y empaparse de memoria, que no es otra cosa que historia.  A ser curiosos y asombrarse. Es una genealogía de nuestro pasado. Y, lo más importante de todo, para demostrar nuestra insignificancia. Sirve para agachar esa cabeza que tantas veces va demasiado alta.

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