Columnismo

La voz a ti debida

Despojados de balones. Despojados de infancia

10.12.2017 @santiago_mruiz 3 minutos

Desde que a los niños les quitaron las calles, el último reducto de la pelota es la pista del colegio, del instituto o la municipal. Ahora, con tanta «maquinita» los niños están —más que nunca— enganchados a tabletas o teléfonos móviles. Muchas veces es la chapuza más rápida y sencilla para que dejen de «molestar». Por eso, cuando están dando «la lata» los más fácil es darles el aparato en lugar de hacer el trabajo duro: educar y ser padres. En este mundo virtual en que vivimos, y del que no vamos a escapar, el deporte es uno de los mejores remedios para interactuar con la indiscutible e innegable realidad. El problema viene cuando, para una hora o dos que tienen para la realidad, les prohíben entrenar por un supuesto ruido que toca a silencio a las diez de la noche.

Es inexorable la fuerza que tiene y tendrá el mundo virtual, pero sí es muy necesaria una reflexión sobre lo que supone usar esta bendita herramienta de la forma más beneficiosa para todos. Ahí entran los padres, que han de cumplir su función como tales. El acceso quasi infinito a los datos y a los juegos de este mundo no es una forma de educar. Es la forma de desocuparse de la criatura y de que «no moleste». El móvil es el recurso fácil de mentes simples.

Hasta hoy —y, probablemente, hasta los próximos días— los niños de algunos colegios de Málaga se quedan sin practicar deporte. No es baladí. Se quedan sin valores, sin competición sana, sin sacrificio y sin esfuerzo. También se quedan sin victoria y sin derrotas. Lo que les sucede no es una derrota, sino una pérdida. Hay que ser noble en la victoria y en la derrota; sin jugar no podrán aprehender esta valiosa lección. No importa a qué deporte atañe porque los afectados son los chicos y su educación.

La hipocresía imperante es execrable. A lo que la educación respecta, siempre hay muchos alabando las bondades del deporte, no obstante, cuando la tormenta arrecia la importancia que, supuestamente, tenía en los niños desparece sin dejar rastro. Bueno, el rastro que deja es el silencio. Algunas personas molestas deberían recordar que también fueron pequeños. Jesús Lizano en su maravilloso poema La conquista de la inocencia escribe:

Soy poeta porque conquisto la inocencia

cada vez que abro los ojos y contemplo las cosas,
que a ser niño 
es lo único que he aprendido
y porque observo que todos los seres
con el mismo destino:
nacer para la muerte,
no dejan de ser niños:
que un pájaro siempre es un niño,
que un árbol siempre es un niño,
que un perro siempre es un niño.
Y porque pienso qué es un hombre
si deja de ser niño. 

No hace falta que la explicación pero todos somos niños; y los que lo han sido pero lo han olvidado deberían tomarse un momento para volver a conquistar la inocencia. Entonces, si pueden, vuelvan a prohibir.

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