Columnismo

La voz a ti debida

La historia de aquella escalera

21.01.2018 @santiago_mruiz 2 minutos

Ahí está la escalera, aparentemente sempiterna; vieja y ruinosa. En el rellano se encuentran las puertas, y dentro de éstas la vida misma. La vorágine que es el ser humano de autocomplacencia, contradicción, ignorancia. Los nombres de los que allí habitan no importan. Nunca importaron, porque sus vidas son anónimas. ¿Quién les dedicaría unas pocas, y crudas, palabras a ellos? ¿Quién? Lo mundano, lo normal, lo común y ordinario; lo prosaico y modesto. La realidad misma no suelen estar representadas en una obra de la forma en que lo hace Antonio Buero Vallejo en Historia de una escalera. Predecible pero cruda y real, y humilde. La enseñanza que entabla no se puede olvidar. Sólo podremos cambiar con los hechos, porque por la boca muere el pez. Verum est factum. No importa a qué época se refiera, pues «vivir es volver. Es volver todo en un retorno perdurable, eterno» —como decía Azorín—. La repetición azota a la vida común y monótona, y pasa de padres a hijos, como bien cuenta Buero Vallejo.

Historia de una escalera es un buen golpe de humildad para el lector de esta obra (o al público si ve la representación) trágica. Porque es trágica. La excelencia no está en cada esquina y muchas personas son gotas de agua en el mar. Repeticiones de sí mismas o de sus antepasados. La ausencia de verdadera voluntad genera este suceso. La única salida es la Libertad, pero no es tan fácil de conseguir como creemos. Es necesario anhelarla y pelear con y por ella; lo fácil es asegurar que habrá tales o cuales cambios. Pero sin los hechos no se producirá nada. Absolutamente nada. Y Buero Vallejo lo sabía. Su obra es un canto infausto a la mediocridad de la vida y sus gentes que habitan, igualmente, en distintos lugares y épocas, y siguen padeciendo los mismos problemas una y otra vez. ¿Habrá solución? Pero es lo mismo que preguntarse si hay solución para la vida. Entre tanto, si llega la respuesta, los vecinos del rellano de la escalera seguirán con «sus miradas cargadas de una infinita melancolía».

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