Columnismo

La voz a ti debida

Muertos aquellos cafés

15.10.2017 @santiago_mruiz 3 minutos

El calor aún no se ha ido; las terrazas en Málaga siguen estando llenas y la gente habla, y los pájaros están mudos —o no los dejan cantar a causa del ruido—. Calle Nueva y Marqués de Larios están inundadas. El otoño no llega hasta que el verano no se va. En las cafeterías sólo se oyen banalidades, gentes mirando sus teléfonos y poca diciendo, que, como digo, la gente habla pero no dice. Menos aún la gente se mira a los ojos para decir. La primera acepción del verbo es: «Manifestar con palabras el pensamiento», y la de hablar es: «Emitir palabras». Ahí está la diferencia entre uno y otro.  Ver pasar el tiempo sin perderlo y perder el tiempo viéndolo pasar. A cuestas con ese momento poca gente echa cuentas de lo que tiene delante de sus narices. Creo que eso le ocurre a la Manquita, que pocos que la conocen le siguen prestando atención. Imagino que le ocurrirá lo mismo a un parisiense que pasa todos lo días por la Torre Eiffel. Aunque en esta ocasión cuando voy al lugar donde siempre voy, cerca de la Plaza de la Aduana, donde hay un banco casi siempre vacío y que vive de la ausencia de los que no se sientan en él. Pero yo lo suelo visitar con frecuencia cuando el tiempo me lo permite, para leer un libro o el periódico. Esta vez y para mi sorpresa estaba ocupado. Una chica de pelo negro que estaba dibujando a lápiz la parte trasera de la catedral y que resulta ser la más fea. Hay otras perspectivas a las que son más estéticas pero será, como supongo, que tiene un encanto, estar en el centro pero alejado de todos. Así no se le llenan los oídos a uno. Así que media vuelta y buscar otro sitio. Ella le dará un mejor uso. Un café fue la elección; al otro lado del centro pero donde suele pasar poca gente. Por la tranquilidad. Los que allí estaban tampoco decían gran cosa, hablaban y se reproducía lo mismo que en las primeras líneas de este artículo. Un paisanaje poco estimulante.

De la importancia de esto no me había percatado hasta que, ayer, hojeando el Diario Íntimo de César González-Ruano, leí en una de las entradas correspondientes a mayo del año 1953 la narración una tertulia con sus amigos en algún café de Madrid —probablemente el Gijón—, donde los tertulianos llevaban sus libros para que los leyesen otros y dieran su opinión, contar anécdotas, debatir sobre autores pasados y presentes, y escribir sus novelas, obras de teatro, poesías, ensayos o artículos. Podría ser en el Gijón en Madrid o en La Rotonde de París, cuando se reunía toda la bohemia parisina y europea. Un acto, en cierto modo, hermoso, natural y elevado. Que el café se estableciese como punto de reunión para generaciones de intelectuales y literatos es alentador por la proximidad con el mundo que habitaban. La realidad se encuentra en sitios como en los cafés, donde va la gente que vive el mundo. Este retrato sobre los cafés se puede encontrar en El cuaderno gris de Pla. Aquí, la recreación de las tertulias de los cafés es soberbia. Lo mismo ocurre con lo que antes eran los ateneos. Y ahora, las tertulias han muerto con aquellos cafés. Quedará como reliquia para algunos. La ciudad se ha vuelto banal, anodina. La reunión ha cambiado. El tiempo corre más que nunca. Hoy más que ayer, y mañana correrá más que hoy. Pocos se paran, levantan la mirada y piensan. Pisan con premura y presteza pendientes de un tiempo que no importa nada.

Las terrazas siguen llenas, los interiores despiertan pero sólo hay ruido y los pajarillos enmudecen. Cuando no hay nada que decir es mejor dejarlos cantar. La literatura de las ciudades desaparece muertos aquellos cafés.

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