ESPECIAL: 1-O en Cataluña

No diré Cataluña

01.10.2017 @santiago_mruiz 4 minutos

Esto no es otro artículo más sobre el proceso. Quizá hable de catalanes, pero no de Cataluña. Todo se ha dicho ya sobre el tema y sobre los posibles escenarios de lo que pase hoy. Probablemente no pase nada, será la representación de una obra de teatro con muchos más asistentes de los que tiene habitualmente y con emisión en directo. Pero no será el acabose ni la ruptura de España —que tampoco volveré a mencionar—. Lo que produce es cansancio, mucho cansancio. Esto va dirigido a los cansados del teatro, a los que les aburre la función y se quieren ir, a los que les dieron una entrada de asistencia obligatoria. Yo la he roto y, ahora, abandono el asiento; si eso, lo veré en diferido. Y quien desee abandonar la sala, que me siga. Que la independencia no elimina la corrupción ni la violencia, ni siquiera el terrorismo. Y los que calculan que seguirán en Europa son unos próceres de guiñol, de una mala comedia. Esto no los llevará al Edén, ni nos expulsará al resto. Es un mito más. Quizá sea la caverna al revés. Un anacronismo de finales de los años veinte. Un guiño triste al pasado y al fracaso. Pero sobre ello ya han dicho y escrito de todo.

Ahora, con el cadáver del verano en las manos y todavía caliente pienso en el silencio que ya no rompen las cigarras y en el cuadro Muchacha a la ventana de Salvador Dalí que en palabras podría ser descrito por Josep Pla en su dietari El cuaderno gris o en Viaje en autobús. En el primer libro escribe unas líneas soberbias que son aplicables a todos los lados del conflicto —a todos—:

«—En este país, lo que se parece más a un hombre de izquierdas es un hombre de derechas. Son iguales, intercambiables, han mamado la misma leche. Pero ¿cómo podría ser de otro modo? No lo dudes: esta división es inservible.

—Pero ¿es que hay alguna otra división?

—Claro que sí. A mi entender hay una división mucha más profunda y exacta que ésa. La que se establece entre personas inteligentes y puros idiotas, entre buenas personas y malnacidos…»

La afirmación del padre de Pla también vale para los dogmáticos de un lado y de otro, que jamás han dudado un segundo de por qué las cosas son como son y no de otra forma. Los que gritan «independencia» sin haber abierto nunca un libro y los que gritan «unión» sin saber qué hay allende de su pueblo; en definitiva, los idiotas que odian.

Pero este artículo no va de eso, va del otoño. De que los mosquitos se van, el calor también; la rutina, invencible, regresa en forma de trabajo o estudio —o ambos—, no de los que se quieren ir o se quieren quedar porque todo se ha dicho y nada, por el momento, ha pasado. Esto no va de odio ni exclusión, ni de una lengua u otra. Va de las hojas que emigrarán de las ramas al suelo, de Cádiz a Barcelona. De libros sin empezar o que volverán a sentir en sus hojas el paseo de unos ojos curiosos y encantadores. Este espacio va más de los que quieren que de los que odian. Éstos no leerían la columna—ni la columna ni nada ajeno a su doctrina—. En otoño, como dice Pla, «las tertulias reviven. El calor dispersa a la gente; el frío la aglomera». Lo que se inaugura, conmigo, ahora, y en esta sala, es el diálogo, la conversación, sin abyección ni posesiones de la verdad. Un viaje al ágora. Son días de dialéctica. El reencuentro con el frío, el de las viejas miradas. Y si se habla aún de política es para intentar que —de nuevo con Pla— «impulse a los hombres, que ponga en marcha las fuentes de la riqueza y acabe con el abandono, la ignorancia, la mezquindad y el contrapeso de dejadez de la vida». Aquí imperará, grosso modo, la acracia, la máxima es la libertad.  Es preferible una ligera retrotracción a la Hélade, donde las batallas tenían un carácter retórico, que al preludio de la Segunda Guerra Mundial o al de la guerra incivil. Por eso aquí, a 1 de octubre de 2017, me acercaré más a dos de mis artistas favoritos. Pero no al odio de los tontos, a la ira que van propagando los fundamentalistas. Por eso no digo ni que sí ni que no. Hoy digo Pla, Dalí, Miró, Serrat, Gaudí, D’Ors... Pero . Como muchos, yo, creo que también tengo un papel que representar en esta obra, más bien es un cameo y la actuación es la siguiente: cojo un cuenco con un poco de agua, meto las manos, las lavo y os digo: «Inocente soy de la sangre de este justo, vosotros veréis».

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