Columnismo

La voz a ti debida

Por ti, Canela, y por los que están como tú

26.11.2017 @santiago_mruiz 4 minutos

El problema del ajetreo es el poco tiempo que deja para la melancolía, la reflexión o la contemplación. Esto perjudica, gravemente, mi creatividad y mis desvaríos en este espacio: La voz a ti debida, aunque siempre me deba a mí mismo. Es un acto, en cierto modo, egoísta que comparto. De hecho, uno de los mejores consejos sobre la escritura me los dio Cristóbal Villalobos. Me dijo: «Viaja, vive, lee, escribe para ti y escribe lo que te salga del nabo». Intento cumplir esto siempre en mi vida, junto al decálogo del escritor, atribuido a Hemingway. El problema es que todos los menesteres que me ocupan a lo largo de la semana me impiden llevarlo al nivel que me gustaría. Habría de ser un hábito. Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos, oí o leí por ahí. Estoy de acuerdo. El ajetreo y la prisa me tienen prisionero.

En el acto, como digo, egoísta, de escribir para esta columna encontré el tiempo pero no el contenido. De nada vale. En un intento de buscar materia prima que explotar, durante el poco tiempo que tengo para la escritura, vi en el periódico una noticia, entre todas que podrían haberme causado el mismo efecto, una que me dio el tema para este espacio; ojalá no lo hubiese hecho. Ojalá no ocurriese nunca o no fuera algo común. Pero el mundo no es un lugar idílico, de paz y armonía o de piruleta. Es una selva. El mundo es un lugar oscuro, miserable y lleno de vilezas. Pero para alivarlo, es verdad, hay personas que tienen luz dentro de sí y que la comparten, iluminan caminos y vidas ajenos. Pero hay demasiados cabrones sueltos. Demasiados. En todos los rincones del mundo, que se queda pequeño, para ellos.

Lo que me ha dado el tema y, de paso, hervido la sangre ha sido una mujer de cincuenta y seis años de Vélez-Málaga. Una mujer cruel. Cruella de Vil en versión cerril y española —y de mi pueblo—. La señora había tenido encerrada a una rottweiler «durante años en la azotea de su edificio, desnutrida y enferma». Recojo, también, declaraciones de cómo encontraron a la criatura (la perra, no la perra de la dueña): «En grave estado de desnutrición y con graves problemas de salud, además de tener muy marcadas las costillas y los huesos de las caderas». Hay más detalles del estado del animal —no del animal de la dueña—, sino de Canela, pero, creo, no es necesario comentar su enfermedad ocular o de piel, que se ha hecho recurrente.

¿Qué nos pasa? Algunos hombres han pasado toda su vida intentando entender al ser humano. Ninguno ha llegado, como Pessoa, a una conclusión. La irracionalidad de algunos animales humanos es incomprensible. E intolerable. El perro puede ser la expresión corpórea del amor puro. De un amor verdadero y sincero. Lo digo porque lo he vivido durante mis primeros quince años de vida. Casi, diría, he tenido una hermana. Esa camaradería, comprensión y complicidad de un can no tiene traducción en el ser humano. Es imposible. El primero es así por su pureza e inocencia; el segundo es un hijo de puta egoísta por naturaleza, aunque siempre hay excepciones que salvan la raza y ralentizan nuestra extinción.

No sé qué le pasara a la señora, pero esto seguirá pasando porque si no es Canela pueden ser otros perros, caballos, gatos o cualquier otro animal que tenga la mala suerte de caer en manos de un animal. Se queda corto lo de animal para estas personas. Estos depredadores de sufrimiento ajeno y de maldad no comen otra cosa que la desgracia. Pero no se solucionará hasta que se eduque a las personas para que vean que el abandono y el maltrato al amigo es malo —quizá se deba a un problema mental—, aunque para muchos sea algo obvio, pero no sobra recordárselo a los que tiran gatos por los balcones, no alimentan a sus caballos o dejan encerrados en una azotea durante años a un inocente perro, que la única culpa que tuvo fue la de tener mala suerte. ¿Cuál será la solución a este problema?, pregunto. Podrían pasar esos maltratadores a ser las nuevas mascotas, y que prueben de los suyo, de los que les va y les excita, como el abandono y la miseria. ¿Unos días al sol de agosto en una azotea sin comida ni agua? Por probar. Se admiten sugerencias.

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