Columnismo

Los goles de la violencia

28.03.2016 @danielnz97 4 minutos

Ni Messi, ni Cristiano, ni Suárez; el máximo goleador no es un futbolista, es y será la violencia. Precisamente porque cuando está presente los goles que se marcan en ese partido, pasan a un segundo plano. Por desgracia, un Domingo de Ramos que pudo acabar en tragedia, ocurrió en Málaga, en el barrio de El Palo, en un partido que enfrentó a los filiales del conjunto paleño y el Alhaurín de la Torre, quienes se jugaban el liderato en la duodécima jornada del grupo 2 de la Tercera Andaluza. El resultado final fue de 1-0 (sin que importe quién marcó) para los locales, aunque desde mi forma de entender el deporte, quien realmente perdió fue El Palo.

Por mi parte no voy a hacer una nueva versión de lo ocurrido, ya que la noticia se puede encontrar en diarios de actualidad malagueña, nacional, exclusivamente deportiva, informativos en televisión, programas de radio, etc. Además, todos estos hacen una redacción de la misma con fuentes más fiables y con detalles mejor argumentados. Por tanto, mi papel será otro. El de aportar una versión diferente a la de los recientemente mencionados.

Solo hay un hecho indefendible e incuestionable: la agresión sufrida por Samuel, jugador del Alhaurín de la Torre, que por suerte, podemos calificarla como tal, ya que tan solo unos centímetros evitaron que la navaja llegase al corazón. A partir de aquí se pueden debatir muchos temas: la falta de seguridad, la pena que merecen los agresores, el nivel de culpa que tiene el club, etc.

Al principio comentaba que, “el máximo goleador (…) será la violencia”. Llamadme negativo, pero en los campos de fútbol, los insultos y las agresiones –estas en mucho menor grado – ocurren a diario. En cada partido vemos cómo los árbitros, jugadores e incluso entrenadores son menospreciados desde la grada por parte de aficionados (niños, padres, o simples fanáticos). En este aspecto, independientemente de la clase social, todos los aficionados al fútbol estamos maleducados por la sociedad en la que nacemos. Estoy seguro de que la gran mayoría creeréis que me refiero al Bernabéu, Mestalla, Camp Nou… pero no amigos, hablo de partidos de niños –de todas las edades– que son testigos de discusiones, peleas, agresiones y un sinfín de comportamientos, mientras ellos juegan, que peyoran el espíritu del deporte.

Durante estos días he podido ver cómo algunas personas en las redes sociales culpan a la seguridad del club por lo ocurrido. Aquí quiero echar un capote al CD El Palo, ya que resulta imposible que una entidad pueda controlar a este tipo de “aficionados” – que por otro lado, en este caso eran jugadores con ficha federativa, lo que resulta aún más complicado –. Para ello, sería necesario jugar todos los partidos con presencia policial y/o miembros de empresas de seguridad privada, ya que este tipo de sucesos pueden ocurrir en cualquier momento y lugar, lo que económicamente hace inviable la idea. Además que, los violentos, por desgracia, no se pueden controlar en su totalidad. Esto último no quita que todos los equipos, y el CD El Palo no es menos, saben qué tipo de público tienen en los asientos de sus gradas, y por supuesto que hay partidos de alta tensión por la importancia en lo meramente futbolístico, tal y como ocurría con el del pasado Domingo de Ramos.

Por otro lado, según Diario Sur, Competición ha decretado la suspensión cautelar del campo para el equipo (tan solo la categoría de Tercera Andaluza, al resto no le afecta) y las vergonzosas multas simbólicas de 17 euros para el Centro de Deportes El Palo y 5 euros para los agresores. O lo que es lo mismo, el club la afrontará con una cantidad aproximada a la cuota que cualquier padre o madre paga mensualmente para que su hijo pueda disfrutar del fútbol. Además, un navajazo o colaborar con que se produzca, tiene el mismo valor que una copa en una discoteca o un menú kebab en una hamburguesería. ¡Qué alegría se habrá llevado Samuel al enterarse!

Personalmente, y en cuanto a la imagen de El Palo se refiere, me da pena que paguen justos por pecadores. A pesar de ello, la idea de “no nos representan” que muchos, entre ellos el propio presidente, quieren vender no es la más acorde a la realidad. Precisamente porque uno de los agresores pertenece a la familia Aranda, que sí que representa a El Palo.

No puedo acabar estos párrafos sin mandar mi máximo apoyo a Samuel García, a sus más allegados y a todas aquellas personas que, acuden frecuentemente al Nuevo San Ignacio para disfrutar del fútbol, y que sin merecerlo, son tachados de – y cito textualmente desde Twitter – “escoria”, “basura”, “sinvergüenzas” y “asesinos”, entre otros calificativos vejatorios.

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