Columnismo

Más allá de la zapatilla

13.04.2018 @RubenKaki 3 minutos

Me acomodé el puño de la camisa y, tras levantar la vista, solo me encontré con el suave recuerdo brillante que dejó la cerveza en la comisura de sus labios. Me lanzaba centelleos de sensualidad bajo el sol. No sabía su nombre. Tampoco qué llevaba (o no) puesto. Ni siquiera puedo dilucidar como era su rostro completo. Fue tal mi fijación con esa imagen que, aún, a día de hoy, ni siquiera recuerdo donde la vi.

Esa concentración para centrarse en algo y que le falta a cualquier universitario en época de exámenes, le sobra a mi mascota. Kiwi, un agaporni que apenas levanta 15 cm del suelo, se relame el pico al llegar la primavera. Le puse Kiwi como le pude poner Estufa, porque es ver una zapatilla y se pone más caliente que un informático en una convención de twerking.

PIII. PIIII. PIIIIIIIIIII. Te martillea los sesos. No concede descanso nunca. Canta antes de que amanezca. Antes de que el panadero se ponga los guantes. A veces se calla con condescendencia cuando lo miro, al borde del colapso, implorando para que me deje escribir esta columna. Pi…No, por favor...Pi… Ahí viene. Es la ola que se retrae a orillas de la playa. La ola que acontece al tsunami. PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII. Y explota en un sonido tan afilado y estridente que hasta las plumas se le erizan.

Nos miramos a los ojos. Me pierdo entre esos pequeños botones negros que tiene a los lados de su pico. Y es entonces cuando veo que va enserio. Maldito Kiwi, si hubiese nacido jugador de Póker nadaría en billetes. Bueno, no hay más. Es necesario activar el protocolo de emergencia. Suelto una zapatilla de estar por casa en el suelo. Lo vuelvo a mirar a los ojos y noto la lujuria. Abro la jaula y sale disparado. Parece un reactor verde y naranja.

Ñiqui ñaca. Ñiqui ñaca. Que alegría de primavera para algunos. Ñiqui ñaca. Ñiqui ñaca. Él ya ha elegido a una pareja que jamás le dice que no a un kiki; ya sea a las 8 de la mañana o las 7 de la tarde. El caso es que cuando está ahí, cabalgando sin ser vaquero, Kiwi no existe. No produce una mínima onda sonora. Tanto es así que a veces me pregunto si como hombre que es, está incapacitado para hacer dos cosas a la vez (piar y mantener el ritmo para no defraudar a la zapatilla, cuya marca no diré porque no me han pagado). Para él no existe otra cosa en ese momento. Así se estuvieran lloviendo agapornas del cielo, dispuestas a mantener el acto del amore con él, él a lo suyo. Jamás renunciaría a su zapatilla.

No sin razón os cuento el fornicio de ese bribón -o borbón- que dedica su vida a comer, beber, dormir y fornicar. En muchas ocasiones en la vida se presentan zapatillas a las que nos aferramos. No vemos más allá de ellas. Pasa en todos los ámbitos. Dentro de la comunicación y el ejercicio de mi profesión se hace constantemente.

-Ahora los vamos a tener hablando de Letizia y Sofía un mes.

-¡Perfecto! Y el siguiente de Cifuentes.

Y te abren la puerta. Y te venden la zapatilla como exclusiva. Y cada día te la decoran como un adorno más cómodo para que el roce no te haga pompas. A veces no es una manipulación deliberada, las noticias las marca la actualidad. Y los periodistas viven (porque yo aún no) de decidir la actualidad. Pero la actualidad es muy amplia y compleja. No se reduce a un máster, una mala mirada a tu suegra o una declaración de un político -en persona o en plasma, no se pierdan las buenas costumbres-.

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