Columnismo

Mi verdadero profesor

04.11.2016 @santiago_mruiz 3 minutos

Mi verdadero profesor, cada vez que me saluda, me dice «hola, camarada» desde que tengo memoria.

Dejó la escuela con doce años para buscar trabajo pero no dejó de leer. Creció en ambientes humildes y muchas veces me recuerda una frase que decían en casa: «no comemos, pero reímos». Nunca perdían la sonrisa, no importaba lo mal que estuvieran. Trabajó en diferentes lugares y de diferentes profesiones desde ayudante en una farmacia haciendo ungüentos a trabajar en un banco o en un rancho para poder llevar un sueldo a casa.

En el año 42 vio cómo los estadounidenses desembarcaron en las costas de Marruecos y cómo alucinaron él y sus amigos al ver los vehículos anfibios que éstos traían —se podrán hacer una idea de su edad—.

Cuando fue mayor luchó por las jornadas laborales de ocho horas y, posteriormente, por la «semana inglesa», así se conocía a trabajar de lunes a viernes, en algunos casos también los sábados por la mañana. Participó en esas luchas a favor de los trabajadores.

Al margen de todo eso jugaba al baloncesto, jugó hasta los 35 años. Incluso llegó a disputar un torneo nacional francés representando a Marruecos. En el recorte del periódico sale todo el equipo, españoles, franceses, italianos y argentinos formaban aquel atípico colectivo, de los cuales muchos eran apátridas y se encontraban en aquel Marruecos internacional.

Con la marcha verde su familia hubo de irse a España por miedo, y para mantenerla él se quedó sólo en Marruecos trabajando durante varios años viajando cada dos semanas para poder verla.

Conoció y conoce a muchas personas muy variopintas y peculiares, y de muchos países. Su bondad y su personalidad agradable y graciosa le hicieron ganarse muchos amigos con los que compartió cacerías, pesca y viajes. Siempre está ahí cuando se le necesita. Siempre. Y sus gracias y sentido del humor lo acompañan allí donde vaya.

Es hincha del Real Madrid, he visto tres veces con él la octava, contra el Valencia —en VHS—, siempre como si fuera la primera, con las mismas ganas e ilusión, comentando cada jugada y cómo era el fútbol de la época y sus jugadores favoritos. Es de los que ve el partido por la televisión pero lo escucha por la radio. Casi siempre que hay deporte lo ve, sobre todo si es fútbol, baloncesto o tenis, pero ve casi todos.

Sabe animar como nadie, en momentos de dudas y de tomar decisiones complicadas ha sido el más lanzado en apoyarme y animarme a conseguir lo que me proponga y en lo que quería, nunca ha fallado. Me ha enseñado a luchar en lo que creo, en lo que creo que merezco y por lo que quiero, y a no tener miedo al fracaso porque, con esfuerzo, casi nunca hay fracasos absolutos. Esa es la mayor y mejor lección que me han dado jamás. Y sé que él lo ha vivido en una época en la que poco había que llevarse a la boca y ni siquiera pudo pisar una escuela, pero no dejó de leer y de cultivarse. También a valorarlo todo, desde la educación hasta tener la suerte de no pasar hambre. Y aún más lejos, me ha enseñado la bondad, ser buena persona, pese a su lenguaje malsonante y soez —en tres idiomas, español, francés y árabe—.

Ningún regalo podrá, nunca, ser suficiente por todo lo que ha hecho por mí, el trato no pactado es que cada año tenga unas zapatillas nuevas. Este, además de las zapatillas, un artículo; sé que es de mis más fieles lectores. Pero no es ningún regalo, es un mero agradecimiento, un «gracias» por sus 82 años.

Mi verdadero profesor, es mi abuelo, se llama Antonio y le quiero.

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