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Sobre Pokemon Go

20.07.2016 @caguecast 2 minutos

Absorto en la pantalla de su móvil, el chavea abandona la seguridad de su hogar para embarcarse en la mayor aventura de 2016: cazar píxeles amorfos mediante un smartphone y el GPS. El gordo enemigo de los zubats, víctima del tabaquismo y la pereza crónica, consigue levantarse de su sofá roído por la roña gracias a la sensación del verano. La operación bikini geek más lamentable, pero igualmente efectiva. Todo lo que presagió con total ilusión Julio Verne se resume en esto, el verdadero progreso.Disponer de la tecnología más puntera en las manos. Giroscopio, geolocalización, Internet y LCD, ciencia ficción hace menos de escasas décadas al alcance del más tonto y no necesariamente pudiente. La democratización del avance y el ocio, por ridículo que sea.Un ocio que además puede ser peligroso, no siendo pocas las noticias que surgieron a las pocas horas del lanzamiento de la celebérrima app, donde unos cuantos sujetos que evidencian que Darwin estaba en lo cierto, han sufrido accidentes o casi defenestrado por culpa del despiste de un entrenador Pokemon. Que la naturaleza es sabia y sigue su curso, vaya.Imagínate tú presenciar un funeral en el que se comenta en el discurso del velatorio que “murió haciendo lo que más le gustaba, capturar un Gyarados”. Que oye, una cosa es matarse, y otra es conseguirlo de una forma superlativamente estúpida. Un aplauso para ellos. Al menos saldrán en 1000 Maneras de morir. Poca broma con el torpe que pretendía evadirse de su triste existencia engordando su Pokedex, y terminó sus días en el fondo de un acantilado al centrarse en la realidad aumentada.Cabe mencionar también esas interesantes teorías conspiranoicas que relacionan a Nintendo con el Nuevo Orden, la CIA/Mosad (vienen a ser lo mismo desde el hermanamiento imperialista), el Club Bilderberg y alguna que otra logia masónica. El cielo es el límite.Como todas las teorizaciones que se pasan la Navaja de Ockham por el Arco del Triunfo, estas son también más divertidas que la explicación oficial. Que se nos vigile mediante un constante seguimiento y el aprovechamiento de civiles como cámaras de seguridad ambulantes revuelve a Orwell en su tumba, pero de placer.¿He hablado alguna vez de los placeres pecaminosos? Yo (y Demo El Largo) también juego a esta soberana mierda. Lo mismo consigo con un poco de suerte que me atropelle un tranvía, emulando a Gaudí y su despiste arquitectónico, pero esta vez ennortado en las cinco pulgadas y media del aparato que mi padre ansía tirar por la ventana. Que dice que me hace mucho mal. Y tiene razón.

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