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Buenas noches

22.06.2016 @caguecast 2 minutos

–Buenas noches.

Aparca el coche suavemente en la oscuridad de la noche. En la puerta de su casa prácticamente, sí, pero no debajo de aquella farola que alumbra impertinentemente. No es demasiado tarde, cosa de las 2 o 3 de la mañana, cuando todavía queda gente castigando su lastimado hígado, pero los vecinos ya duermen. Y él no quiere ir a dormir todavía.

El ritual de siempre: freno de mano, luces fuera, radio en mute, y la llave ya lejos del contacto. No hay prisa ninguna y no desea sino arañar unos minutos más de aquella velada o cita –algo que suena ya anticuado- que cree perfecta.

Durante el trayecto en el que condujo calmadamente no paró de repasar mentalmente todos los aciertos logrados, todos los detalles que representaban el triunfo de la noche. Pequeños gestos, encontronazos en la conversación y deslices, todos ahora se materializan en su cabeza durante el par de segundos que transcurrían y parecen una eternidad. Sobre todo su sonrisa. Y su mirada.

Aquellos ojos sinceros que el Pantone nunca se atrevería a catalogar. “Bonitos” diría el ojo inexperto y analfabeto, sin duda estúpido al no darse cuenta de que es inevitable eso de perderse en los matices, vetas y surcos de aquellos iris. Y admirarlos.

Porque la admiración es el paso previo a la excitación y, con ella, a la quemazón en el bajo vientre. La ya tristemente conocida rozadura contra el denim. Unas veces es sarna con gusto y otras una tortura que uno religiosamente acepta y casi disfruta.

Taladran en su cabeza todos los puntos de una interminable lista, en la que una serie de factores físicos y personales monopolizan su atención durante las horas que durase el encuentro. Tampoco llega a fijarse demasiado en el reloj. Le resulta mucho más estimulante asombrarse con cómo gesticulaba, humedece sus labios, suspira al acabar una larga sentencia, o cómo delicadamente evita la distracción de su flequillo con sólo un par de dedos que lo devuelven a la oreja pertinente. Y tampoco llega a olvidarse de sus tetas y de su culo.

Llegado el momento de la verdad, logra rodearla con su brazo y girarse con cuidado para mirar fija e intensamente a la copiloto.

Sabe de buena mano que esta es la suya. Todos los preparativos debían haber dado sus frutos. Nunca ha sentido con tanta certeza que ahí está el triunfo, que aquella noche pasará a la historia y por fin dará la tregua merecida a su genésico.

Dos besos, uno por cada mejilla. Abre la puerta y sólo alcanza a responder.

–Buenas noches.

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